Por Christian Magallón García
El mes pasado, Meta, la empresa dueña de Facebook e Instagram, llegó a un acuerdo en Estados Unidos para resolver una demanda presentada por fiscales generales en 2023, en la que se alegaba que la empresa diseñó funciones para mantener a niñas, niños y adolescentes más tiempo en sus plataformas, aun cuando eso podía poner en riesgo su bienestar. El acuerdo no demuestra que cada acusación sea cierta ni significa que Meta las haya aceptado, pero sí incluye que realice ciertas modificaciones como agregar límites diarios, pausas durante la noche, menos notificaciones y mejores controles de edad para cuentas de menores.
Lo ocurrido me llevó a preguntarme qué protección existe en México frente a la manera en que las redes sociales buscan mantenernos conectados, pues la ley reconoce el derecho de niñas, niños y adolescentes a usar internet de forma segura, protege su privacidad y sus datos, y obliga al Estado a prevenir y atender el ciberacoso y otras violencias digitales. Aun así, las leyes federales revisadas no obligan a las redes sociales a activar límites de uso, bloqueos nocturnos o verificación de edad como los acordados en Estados Unidos.
También me hizo pensar en algo cotidiano, porque he visto a madres y padres entregar un celular a sus hijos para que se entretengan mientras atienden un asunto importante. No es un reproche, porque a veces es una salida comprensible durante una espera o un momento difícil. Cuando una pantalla ocupa ese espacio, vale preguntarnos hasta dónde conviene permitir su uso y qué acompañamiento necesita cada niña, niño o adolescente según su edad; en Colima, los dispositivos ya son parte de todos los días. INEGI registró que en 2023 el 85.5 % de la población de seis años o más usaba internet. La cifra no prueba un riesgo, pero ayuda a entender por qué esta conversación importa.
Mirar más allá de las horas
Las redes sociales no son un espacio neutral; lo que aparece en ellas cambia según lo que cada persona mira o comparte, y un video puede llevar a otro sin pausa mientras la pantalla se sigue deslizando casi sin fin. Las notificaciones y los conteos de reacciones también invitan a regresar, lo que hace más difícil poner un alto. Por eso no basta con contar las horas frente a la pantalla, aunque procurar que no se vuelvan demasiadas puede ser un buen punto de partida.
No todas las personas viven las redes sociales de la misma manera, porque usarlas de noche, compararse con otras personas, sufrir ciberacoso o ver contenido dañino pueden relacionarse con problemas de sueño, bienestar o convivencia. También importa qué se ve, cuánto lugar ocupa esa actividad en la vida diaria y con quién se puede hablar cuando algo preocupa. Las redes pueden servir para aprender, mantener amistades, expresarse o encontrar comunidad, pero no es igual hacer una tarea o hablar con la familia que perder horas de descanso frente a una secuencia de videos que no termina.
Acompañar sin vigilar
Más que contar horas, importa mirar qué está dejando fuera el celular. Si una niña, niño o adolescente duerme menos, abandona lo que antes disfrutaba, se angustia por lo que ve en línea o necesita ayuda frente a una agresión, ahí hay algo que conversar. No todo uso frecuente es un problema ni una regla sirve para todas las familias; el acompañamiento depende de la edad y de lo que está ocurriendo.
Acompañar no significa saber cada detalle ni vigilar sin límite, sino interesarse por lo que se ve y se comparte, hablar de ello, hacer acuerdos que cambien con la edad, cuidar el descanso y revisar la privacidad de las cuentas. También ayuda explicar que las plataformas pueden seguir mostrando contenido parecido al que una persona mira, y que niñas, niños y adolescentes deben participar en esos acuerdos conforme crecen, porque necesitan aprender a tomar decisiones y contar con una privacidad adecuada para cada edad.
Las familias no pueden cambiar por sí solas cómo funciona una red social ni decidir qué hará una escuela ante un problema, pero sí pueden poner límites que tengan sentido para la edad, dejar momentos sin celular, hablar de lo que aparece en la pantalla y enseñar que no todo lo que ofrece una aplicación merece su tiempo. También pueden pedir reglas claras en la escuela y saber a quién acudir si algo preocupa.
El cuidado tampoco termina en casa, pues las plataformas deben ofrecer privacidad y formas sencillas de pedir ayuda. En las escuelas, una regla sobre el uso de dispositivos puede ayudar a ordenar la jornada, pero no reemplaza el diálogo ni el aprendizaje de cómo usar lo digital con criterio.
La escuela también tiene una tarea
El ciberacoso muestra por qué ese cuidado también necesita datos; en Colima, su prevalencia entre personas usuarias de internet de 12 años o más bajó de 23.9 % en 2024 a 20.0 % en 2025. Es una mejora que vale la pena reconocer, aunque no nos dice qué pasó específicamente con adolescentes, en cuáles redes ocurrieron las agresiones ni qué atención recibió cada reporte. La cifra abre una conversación, no la cierra.
En la escuela, cuidar también significa acordar cuándo se usa un dispositivo, enseñar a reconocer una agresión y tener una ruta clara para pedir ayuda; Educación Colima ya informó que revisó sus protocolos y capacitó a cerca de 80 directivos y supervisores de preescolar y primaria, mientras Escuela Segura reportó 335 pláticas en 136 planteles, con 22,163 personas beneficiadas en distintos temas de prevención. Esas cifras muestran que hay actividades en marcha, aunque por sí solas no permiten saber si llegaron a todas las escuelas, cómo se atendió cada caso ni qué medidas están funcionando mejor.
Reglas que también obliguen a las plataformas
Para saber si ese trabajo está llegando a quienes lo necesitan, las autoridades de Colima deberían explicar, sin exponer datos personales, qué protocolos se usan, cuántos reportes se reciben, cómo se atienden y cómo se revisan las medidas; esa información permitiría reconocer lo que funciona y reforzar lo que haga falta. Las fuentes públicas consultadas no permiten ver el panorama completo, lo que no significa que falten registros o trabajo institucional, sino que sus alcances y resultados siguen siendo difíciles de conocer.
Pero informar no alcanza, porque a nivel federal esa discusión tiene que traducirse en leyes claras para las plataformas. México ya reconoce el derecho a usar internet de forma segura y ordena prevenir, atender y sancionar el ciberacoso y otras violencias digitales. Sin embargo, las leyes revisadas todavía no obligan a las redes sociales a poner límites de uso, pausas nocturnas o controles de edad para cuentas de menores; por eso hacen falta obligaciones cuyo cumplimiento pueda comprobarse y consecuencias proporcionales, incluidas multas, cuando se demuestre que una empresa las incumplió.
No se trata de castigar cualquier problema que ocurra en línea, sino de evitar que la protección de niñas, niños y adolescentes dependa sólo de la voluntad de cada compañía. El caso de Meta muestra que esas herramientas son posibles, aunque un acuerdo en Estados Unidos no las convierte en protección para quienes usan las mismas plataformas en nuestro país.
Un celular no cuida a un hijo. Puede ocupar una espera, distraer durante un trayecto o dar unos minutos de calma cuando una persona adulta tiene que resolver un asunto importante, pero no sabe si quien lo usa está durmiendo menos, dejando de jugar, recibiendo una agresión o quedándose solo con algo que no entiende. Tampoco puede enseñar a distinguir lo que vale la pena ver de aquello que una aplicación insiste en mostrar.
Madres, padres y personas cuidadoras pueden acompañar, poner límites y pedir ayuda, pero no deberían enfrentar solos a aplicaciones que compiten por la atención de quienes todavía están creciendo. También hace falta que las plataformas protejan, las escuelas acompañen y las autoridades conviertan ese cuidado en reglas claras que se cumplan. Una niñez no debería quedar en manos de la siguiente notificación.
