Por Christian Magallón García
Quiero comenzar con una pregunta que me parece clave: ¿qué tan cerca está Colima de tener una industria tecnológica? Me surge cada vez que se anuncia un hackatón, una feria de innovación, un curso de inteligencia artificial o una nueva comunidad de desarrolladores. También aparece cuando alguien termina una carrera de software y se pregunta si aquí encontrará una empresa donde crecer, un cliente para emprender o una razón para quedarse.
Cuando me senté a buscar una respuesta, encontré una imagen menos simple que la que solemos repetir. Fui revisando directorios, convocatorias, programas, páginas de organizaciones locales y notas de eventos; ahí aparecieron empresas que desarrollan software y prestan servicios tecnológicos, comunidades de profesionales y estudiantes, carreras relacionadas con programación, sistemas, datos e inteligencia artificial, además de concursos, programas de incubación, encuentros y espacios de trabajo compartido. Ese conjunto tiene nombres, fechas, convocatorias y personas detrás. Me pareció importante empezar por ahí, porque la conversación local a veces cae en una exageración cómoda: hablar como si nada estuviera ocurriendo.
En ese recorrido apareció una cifra del diagnóstico estatal: el reporte consultado agrupa 834 negocios, empresas y establecimientos vinculados con las tecnologías de información y comunicaciones. Ahí caben desde empresas de software y consultorías hasta soporte técnico, telecomunicaciones, agencias, reparación de equipos y trabajo independiente; con esa sola cifra no puedo saber cuántas son empresas de software, cuántas venden productos propios o cuántas generan empleo especializado. Sí confirma, al menos, que la tecnología ya ocupa un espacio dentro de la actividad económica del estado.
El rastro que se pierde
Al revisar eventos y programas encontré un patrón muy claro. Un evento tecnológico deja huellas fáciles de encontrar: la convocatoria, el programa, la lista de aliados, las fotografías, el número de asistentes, los proyectos presentados y, en ocasiones, los equipos ganadores. Esa información importa, porque permite saber que las actividades ocurrieron, que hubo interés y que alguien dedicó tiempo a organizar un espacio para aprender, competir o conocer personas.
Tampoco me parece justo pedirle a cada taller, hackatón o feria que produzca una empresa. Un taller puede acercar a un estudiante a un problema real, un hackatón puede darle experiencia a un equipo, una feria puede abrir la puerta a una carrera o a un empleo y una comunidad puede generar relaciones profesionales que tardarán años en dar resultado; reducir todo eso a una cifra de ventas sería tan limitado como medir una universidad solo por los negocios que fundan sus egresados.
La pregunta cambia cuando esos esfuerzos se presentan como parte del desarrollo tecnológico del estado. Más allá del día del evento, quise saber qué ocurrió seis meses después con los proyectos, cuántos equipos siguieron trabajando y cuántas empresas se formalizaron, contrataron a alguien o consiguieron su primer cliente. En la información pública que revisé para esta columna no encontré indicadores que permitieran seguir esa trayectoria; los registros se concentran en el inicio, quién llegó, qué se presentó, qué premio se entregó y el después rara vez queda a la vista.
Qué estamos contando
Las cifras de participación responden preguntas válidas: una lista de asistentes muestra alcance, el número de proyectos habla de interés y la cantidad de conferencias permite conocer el tamaño de una agenda. Juntas describen movimiento. Para entender si ese movimiento se sostiene, habría que mirar lo que ocurre después.
También conviene mirar qué hay detrás de esa categoría amplia. Una empresa local que desarrolla sistemas a la medida para otros negocios puede ser rentable, crear empleos y formar personas con experiencia valiosa; un equipo pequeño que construye una herramienta propia, consigue clientes y logra sostenerse recorre otra ruta. Ambos modelos forman parte de la actividad tecnológica, aunque operan de manera distinta. Si no sabemos cuántas empresas hay de cada tipo, resulta difícil entender cómo está compuesto el sector y qué clase de resultados está generando.
En un estado del tamaño de Colima, el seguimiento no tendría que empezar con cifras espectaculares; bastaría con saber qué proyectos vinculados con programas siguen activos un año después, cuántas personas participantes encuentran empleo, qué clientes consiguen los emprendimientos y cómo se distribuyen los 834 negocios, empresas y establecimientos dentro del rubro tecnológico. También importaría saber si esos proyectos llegan a vender, atraer inversión o generar propiedad intelectual, y cuánto de ese valor permanece en Colima. Habría que entender mejor, además, dónde terminan trabajando quienes egresan de las universidades. La Universidad de Colima cuenta con el Programa Institucional de Seguimiento de Egresados (PISE), que recoge información sobre las trayectorias de su comunidad y, según la propia institución, busca aportar a la evaluación de los planes de estudio. Del Tecnológico de Colima hay documentos que muestran un seguimiento similar en años anteriores; en esta revisión no encontré resultados actuales, desagregados y comparables sobre las trayectorias de quienes egresan de carreras tecnológicas.
La información que falta
Es posible que algunos resultados existan y no hayan llegado a los registros públicos, o que los datos estén dispersos entre instituciones, comunidades, empresas y dependencias. Lo digo porque, al reconstruir este panorama, tuve que ir reuniendo piezas que aparecían separadas. La falta de información pública no demuestra que los resultados sean nulos; deja, sin embargo, una conversación incompleta, porque impide comparar programas, detectar qué apoyos funcionan y decidir dónde conviene invertir tiempo o recursos.
Un seguimiento básico serviría para más de una cosa. Una incubadora podría saber qué tipo de acompañamiento ayuda a que un proyecto continúe, las instituciones educativas podrían publicar resultados agregados para entender mejor las trayectorias de sus egresados y quienes participan en un programa podrían identificar rutas que ya han funcionado. Las personas que toman decisiones públicas tendrían elementos para ampliar una iniciativa, corregirla o dejar de repetir una fórmula que no está dando resultados; no hace falta publicar información sensible de cada empresa, bastarían reportes agregados, constantes y comparables de un año a otro.
Esa información también cambiaría la conversación sobre el éxito. Hoy una nota puede celebrar el inicio de una convocatoria y, doce meses después, contar qué equipo consiguió su primer contrato, qué empresa contrató a tres personas o qué proyecto dejó de avanzar y por qué; las tres historias tienen valor, pues una muestra continuidad, otro empleo y la tercera deja una lección. Sin ese registro, apenas conocemos el momento más visible del proceso.
Por eso elegí el título de esta columna: Tecnología de vitrina. La vitrina, tal como la entiendo aquí, no habla de una tecnología falsa; nombra una mirada incompleta. Detrás del vidrio se alcanzan a ver talento, empresas, formación y comunidad, aunque para saber qué tan lejos llega esa actividad hace falta mirar lo que ocurre después de la convocatoria, el taller, el concurso o la fotografía.
Después de revisar lo que sí está a la vista, me queda la impresión de que Colima ya tiene una agenda tecnológica y muchas historias que vale la pena seguir. El siguiente registro podría mirar su trayectoria con la misma atención: qué proyectos siguen vivos, qué empleo aparece, qué clientes se consiguen y qué aprendizaje queda. Esa información ayudaría a reconocer avances que hoy permanecen dispersos y también a señalar dónde hacen falta mejores condiciones para que la actividad se convierta en oportunidades duraderas.
