En este momento estás viendo Colima no está lista para la Inteligencia Artificial, todavía

Colima no está lista para la Inteligencia Artificial, todavía

Por Christian Magallón García

¿Para qué sirve la inteligencia artificial en un estado donde el 94% de los negocios todavía opera sin registros, sin datos y sin procesos documentados? Esa es la pregunta clave que nadie está haciendo.

Es más cómodo hablar de automatización, algoritmos y asistentes inteligentes. Es más atractivo presumir talleres de IA generativa y posgrados en transformación digital, y está bien que existan, pero no pueden ser el primer paso. Antes de escalar, Colima necesita saldar una deuda más antigua y menos vistosa, la deuda digital de sus micronegocios. Mientras no lo hagamos, la inteligencia artificial seguirá siendo más una moda que una herramienta efectiva. Y una moda cara, además.

Según datos de INEGI e IMCO, el 94.2% de las empresas en Colima son micronegocios. La economía se concentra en servicios (69%), comercio (17.7% del PIB), turismo y agricultura. Estos números nos dicen que Colima es un estado donde la mayoría de los empresarios aprendieron a hacer negocio de forma práctica, no institucional. Es un estado donde el uso de Excel y WhatsApp ya representa un nivel de “modernidad” para muchos negocios.

Esta estructura de micronegocios refleja un problema serio que Colima ha arrastrado durante años. La mayoría de los empresarios opera sin una visibilización real de su negocio: sin registros digitales de ventas, sin un catálogo estructurado de productos, sin una base de datos actualizada de clientes y, en muchos casos, sin conocer con precisión su costo real de operación ni su margen actual.

Sin estos datos básicos, resulta muy complicado tomar decisiones estratégicas, mejorar procesos, acceder a financiamiento, profesionalizar la operación y escalar de micronegocio a pequeña empresa.

A este rezago se le conoce como deuda digital. No es una deuda financiera, sino una deuda acumulada por años de operar sin sistemas, sin registros, sin procesos documentados y sin información estructurada. Es una deuda silenciosa: no aparece en los estados financieros, pero se paga todos los días en forma de errores, tiempo perdido, ventas no registradas, clientes mal atendidos, inventarios desordenados y decisiones tomadas a ciegas.

La inteligencia artificial necesita datos, procesos, información mínima para generar valor. Pero si un negocio no sabe con claridad qué vende, cuánto vende, a quién le vende, cuánto le cuesta operar y qué margen obtiene, la IA no viene a resolver el problema. Viene a convertirse en una fuga de recursos o, peor aún, en una herramienta que amplifica los problemas profundos de la organización.

El espejismo de la IA fácil

En redes sociales se ha instalado una idea peligrosa, que la inteligencia artificial puede resolver casi cualquier problema empresarial con una suscripción, un chatbot o una automatización rápida. El mensaje es seductor, sobre todo para empresarios que ya están cansados, que trabajan jornadas largas, que ven una oportunidad para reducir su planilla de empleados y que buscan una forma de hacer más con menos. Pero esa promesa, cuando se presenta sin contexto, puede ser profundamente engañosa.

Se nos muestran videos donde un chatbot responde clientes, una herramienta genera campañas, otra automatiza cotizaciones y otra “administra” tareas. Todo parece inmediato, limpio, eficiente. Pero casi nunca se muestra lo que tuvo que ocurrir antes para que eso funcionara: datos ordenados, procesos claros, catálogos bien estructurados, responsables definidos, reglas comerciales documentadas y personal capacitado. El marketing de la IA vende el resultado, no el camino.

Un micronegocio que compra una herramienta de IA sin haber ordenado primero su operación no está innovando; está apostando a que la tecnología le resuelva una deuda que en realidad es administrativa. Y cuando esa herramienta no funciona como esperaba, la conclusión suele ser la misma: “la tecnología no sirve”, “eso no es para mi negocio”, “la IA es puro humo”.

La inteligencia artificial no sustituye la disciplina operativa, no reemplaza el registro de ventas, no inventa un catálogo bien hecho, no corrige márgenes mal calculados ni resuelve una cultura empresarial que nunca ha documentado procesos. La IA puede acelerar un negocio ordenado, pero también puede amplificar el desorden de uno que no sabe cómo opera.

La transformación que no sale en videos

La agenda no debería empezar con herramientas sofisticadas, sino con una pregunta mucho más sencilla: ¿qué información mínima necesita un negocio para tomar mejores decisiones?

La respuesta: ventas registradas, clientes identificados, productos organizados, costos calculados, inventarios actualizados y procesos documentados.

Eso también es transformación digital, de hecho, para miles de micronegocios colimenses, esa sería la transformación más importante, no porque suene innovadora, sino porque permitiría pasar de la intuición a la información. De operar “como siempre” a operar con evidencia. De vender sin saber si se gana, a tomar decisiones con base en números reales.

Un restaurante que registra sus ventas por producto puede saber qué platillos le dejan margen y cuáles solo le ocupan cocina. Una tienda que ordena su inventario puede dejar de perder dinero por faltantes o productos detenidos. Un negocio de servicios que centraliza su base de clientes puede dar seguimiento, recuperar ventas y construir relaciones, en lugar de depender únicamente de la memoria del dueño.

Eso no requiere inteligencia artificial, requiere orden. Y quizá esa es la parte incómoda de esta conversación: la modernización no empieza con grandes plataformas ni con discursos futuristas o comprando suscripciones, empieza con trabajo básico, constante y poco vistoso.

La agenda que nadie está proponiendo

Hay iniciativas locales valiosas, la Universidad de Colima ofrece un posgrado en Transformación Digital, El Instituto Tecnológico de Colima está formando ingenieros en Inteligencia Artificial, el gobierno estatal ha lanzado talleres de capacitación en IA generativa para pymes. Eso es positivo y debe reconocerse.

Sin embargo, estos esfuerzos llegan principalmente a un segmento específico: aquellos empresarios que ya están buscando cambiar, no a la mayoría de micronegocios que siguen operando sin pensar todavía en transformación digital.

Colima necesita capacitar a sus micronegocios en administración digital, no solo en herramientas de moda, necesita enseñarles a construir un catálogo, llevar un control de ventas, calcular márgenes, ordenar clientes y documentar procesos, necesita acompañamiento cercano, sencillo y aplicable, no discursos lejanos sobre innovación.

También necesita que las universidades y el gobierno miren con más seriedad a la base empresarial del estado. Formar ingenieros en IA es importante, pero también lo es formar empresarios capaces de usar datos. Porque la verdadera brecha digital de Colima no está únicamente en el acceso a internet o en el conocimiento de herramientas avanzadas. Está en la ausencia de información dentro de los propios negocios.

La sociedad también tiene un rol, la transformación digital de Colima no es únicamente responsabilidad de los empresarios o del gobierno. Como consumidores, tenemos más poder del que creemos y rara vez lo ejercemos con consciencia.

Cada vez que elegimos un negocio que emite factura sobre uno que no, que preferimos al proveedor que tiene catálogo, precios claros y seguimiento, estamos enviando una señal al mercado. Estamos diciéndole a los negocios informales y desorganizados que su forma de operar tiene un costo. Y estamos premiando a quienes decidieron ordenarse.

El problema es que en Colima normalizamos lo contrario. Aceptamos sin cuestionar al negocio que no sabe si tiene el producto, al proveedor que cotiza de memoria, al servicio que nunca da seguimiento. Lo toleramos porque siempre ha sido así, porque es conocido, porque es barato. Pero esa tolerancia tiene un precio invisible: perpetúa exactamente el desorden que frena la digitalización del estado.

Exigir orden como consumidores no es un acto de elitismo. Es la presión más directa y cotidiana que existe para empujar a los micronegocios hacia una operación más visible, más medible y, eventualmente, más preparada para cualquier herramienta tecnológica, incluida la inteligencia artificial.

Colima no debe renunciar a la inteligencia artificial, sería un grave error. La IA puede abrir oportunidades enormes para la productividad, el comercio, el turismo y la administración pública. Pero para que eso ocurra, primero hay que aceptar una verdad incómoda, no se puede automatizar con éxito lo que todavía no está ordenado.

La deuda digital de Colima no se va a pagar con entusiasmo tecnológico. Se va a pagar con disciplina empresarial, registros básicos, procesos documentados y una política pública que entienda la realidad de sus micronegocios. Antes de hablar de empresas inteligentes, necesitamos empresas visibles para sí mismas.