Por Yensuni López Aldape
En Tecomán algo cambió. No es algo que se vea a simple vista, pero se siente. Se respira en el ambiente espeso de las tardes calientes, en las miradas que ahora duran un segundo más y así se dicen todo, en las conversaciones que empiezan fuertes y terminan en susurros.
Aquí la gente siempre ha sido buena gente. De trabajo. De campo. De comercio levantado con años de esfuerzo. Gente que se conoce, que se saluda, que comparte el mango de la temporada o un vaso de agua fría cuando el sol cae sin misericordia sobre la tierra. Pero hoy, entre esa misma gente noble, camina otra cosa.
El miedo.
No es un miedo que haga ruido. Es uno que se instala silenciosamente. Se sienta en las mesas, se cuela en los grupos de WhatsApp, se escucha en las pláticas clandestinas de esquina. Las personas hablan quedito, miran a su alrededor, se preguntan hasta dónde se puede decir algo.
Y luego bajan la voz.
En este municipio se respira miedo. Las personas comparten pláticas clandestinas, conversan en voz baja, se lamentan, miran con detenimiento a su alrededor y se preguntan quién será capaz de alzar la voz. No hay quien. No hay nadie.
Y aun así, Tecomán sigue siendo un pueblo de fe.
Ahí están las velas encendidas frente a la Virgen de la Candelaria, los rosarios que se rezan en las casas cuando la noche cae pesada, las manos juntas en silencio en las capillas de las comunidades.
La vida, sin embargo, no se detiene.
Los negocios abren. Las escuelas siguen recibiendo niños. Los camiones pasan levantando polvo en la carretera. Los jornaleros regresan al surco al amanecer.
Todo sigue funcionando, como si la vida se hubiera puesto en automático.
Pero cada cifra que aparece en las noticias ya no es solo un número. Es un nombre posible. Es una familia posible. Es la sensación de que nadie está completamente a salvo.
Esa es la herida abierta de este tiempo. Todos la conocemos, todos la sentimos; aunque nadie quiera nombrarla en voz alta.
Tecomán tiene mar, y quizá por eso esta sensación se parece tanto a él. De lejos parece tranquilo. La superficie brilla con el sol de la tarde y las olas llegan suaves a la arena. Pero por debajo hay corrientes profundas que nadie ve, corrientes que arrastran, que cambian el rumbo sin avisar.
Así se siente hoy este pueblo: como una playa hermosa mirando un horizonte incierto.
Incluso quienes escribimos lo sabemos. Sentarse frente al teclado también implica preguntarse hasta dónde alcanza la voz, hasta dónde pesan las palabras, hasta dónde se puede mirar de frente a la realidad sin que el miedo nos gane.
Pero callar también pesa.
Tecomán es más que esta sombra que hoy lo recorre. Es la gente que madruga, la que trabaja, la que levanta negocios, la que todavía cree que este lugar merece algo distinto.
Tal vez por eso seguimos escribiendo.
Porque a veces el miedo no solo paraliza, también empuja. A veces se convierte en ese motor que nos obliga a no cerrar los ojos, a no acostumbrarnos, a no aceptar que vivir así sea normal.
Pero también hay que decirlo con toda la crudeza que merece este tiempo: aquí nadie quiere ser héroe.
La gente solo quiere volver a casa al final del día. Sentarse a cenar con los suyos. Escuchar las voces de sus hijos en la sala. Saber que los padres siguen ahí.
Nadie está dispuesto a más.
Porque en este país hemos aprendido una verdad demasiado dura: los que hacen más, los que se atreven a ir más allá, muchas veces terminan dejando atrás hijos, esposas, madres y padres en la orfandad del silencio.
Y ningún pueblo debería acostumbrarse a vivir con ese miedo.
