Por Yensuni López Aldape
En el Cabildo de Tecomán, hay quienes han hecho del silencio su estrategia, del bajo perfil su escudo y del oportunismo su escalera. La regidora Gina Camacho, hasta hace unos días invisible, flotaba en la indiferencia política… hasta que protagonizó una jugada que dejó claro que, en este Ayuntamiento, la lealtad vale menos que una lámpara fundida en un parque público.
La regidora priísta —esa que no responde ni al PRI municipal ni al estatal, que jamás se ha dignado a aparecer en eventos de su partido— votó a favor de quitarle la presidencia de la Comisión de Hacienda al regidor (aliado) panista Abraham Haro… y votó también a favor de ponerse ella misma en su lugar.
Y no, no fue un accidente o un desconocimiento. No fue un malentendido. Fue una jugada bien calculada que, aunque se escude en la legalidad, huele a componenda y ambición disfrazada de institucionalidad.
Lo más absurdo es que, con todo y ese movimiento tan evidente, Gina asegura que no sabía que esto iba a ocurrir. Que jamás persiguió la comisión. Que, si bien por ley le correspondía, nunca la pidió. ¿Entonces por qué votó por sí misma? ¿Por qué no alzó la voz para frenar lo que —según ella— la tomó por sorpresa? Su pasividad también es política, así como lo fueron su silencio y su voto cómplices.
Y lo más triste: le ha funcionado. Su estrategia de “muertito” le ha rendido frutos. Mientras otros pelean, argumentan o defienden principios, ella calla, levanta la mano en el momento justo… y cobra.
Pero vayamos a la otra cara de la moneda. Porque si bien Gina aprovechó la jugada, el movimiento para remover a Abraham Haro ya se veía venir. No estuvo a la altura del encargo, y se notó en la forma tan pobre en que se defendió durante la sesión. Tal vez le ganaron los nervios, o el enojo, pero su justificación fue endeble: dijo que no emitía los dictámenes a tiempo porque no le entregaban la información necesaria.
¿Y a qué presidente de la Comisión de Hacienda le entregan todo en bandeja? ¿Cuál regidor de oposición en esa comisión ha tenido su encargo fácil? En esos momentos donde le negaban la información, debió alzar la voz, denunciarlo públicamente, evidenciar lo que ocurría. Pero eligió el silencio. Eligió la espera. Eligió dejar que lo colocaran, ante la ciudadanía, como un flojo que no hacía su trabajo. Y eso, en política, se paga.
El alcalde, por supuesto, tampoco dio la cara. No se atrevió a hacer el movimiento de frente. Prefirió la estrategia del titiritero: mover las piezas desde atrás, esconder la mano, lavarse el rostro con discursos de legalidad y dejar que otros pagaran los costos políticos. ¿Que Gina votó por ella misma? Sí. ¿Que el golpe fue para el PAN? También. ¿Que al final, la jugada le salió al presidente municipal? Sin duda.
Y no es cualquier jugada. En los pasillos ya se dice que el papel de Gina en la Comisión de Hacienda será clave para destrabar —o amarrar— ciertos favores. Uno de ellos: su añorada plaza en el sector salud.
Mientras tanto, en el PRI… nadie sabe, nadie supo. Ella sigue ostentando la regiduría que le tocó al tricolor, pero con cada paso que da —o que no da— deja más claro que lo suyo no es la militancia, ni la congruencia, ni mucho menos la lealtad. Desde el principio, ha jugado sola: usó la equidad de género para imponerse, desoyó a su partido y hoy se desliza entre la conveniencia y el cálculo personal.
Desde el PRI, las reacciones son igual de tibias. El dirigente municipal, Jonathan Castillo, reconoce que Gina no responde llamadas, no acude a eventos, no se coordina con el partido. Enrique Rojas, presidente del PRI en Colima, tampoco ha fijado una postura clara. Nadie ha iniciado un procedimiento. Nadie ha hecho oficial lo que es más que evidente: que Gina Camacho no es priista más que en el membrete. Y como buena sobreviviente política, aceptó el encargo con la misma naturalidad con la que ignora a su partido.
Más grave que su ambición, es la parálisis del partido que la cobija. Un PRI que prefiere callar antes que actuar. Que tolera la deslealtad mientras no le estalle en la cara. Que finge no ver lo que la ciudadanía tiene clarísimo.
Gina ya no representa al PRI. El problema es que el PRI todavía la representa a ella.
Desde las Trancas estuvo ausente tres semanas, como bien anticipé, los políticos seguirían aquí… y no decepcionaron. Lo de siempre: los mismos rostros, los mismos vicios, pero ahora con una dosis extra de descaro. Mientras Gina se hace la sorprendida, el PRI se hace el desentendido y el alcalde se hace el que nomás pasaba por ahí, la política local sigue siendo ese teatro donde todos actúan, pero nadie representa. Qué bueno que nada cambió, porque Desde las Trancas vuelve justo a tiempo…
Y ya que hablamos de teatro… ¿ya saben que este 14 de agosto arranca el Festival Teatral de Tecomán? A diferencia del cabildo, ahí sí saben actuar. Jóvenes tecomenses —muchas veces sin reflectores ni presupuestos— entregan talento, disciplina y amor al arte escénico. Vale la pena apoyar lo que sí construye, lo que sí emociona y lo que sí transforma. Busquen la cartelera, asistan, aplaudan, y déjense sorprender por el verdadero talento de este municipio.
