En este momento estás viendo El respeto también es un derecho

El respeto también es un derecho

Por Yensuni López Aldape

Hay muchas cosas de cómo se maneja la administración municipal que no me parecen correctas. Podría enumerarlas sin mayor complicación y, no me ha temblado la mano cuando es necesario hacerlo, seguramente habrá oportunidad de hacerlo. Pero también hay que reconocer cuando algo se hace bien.

Y esto que hoy voy a reconocer quizá ni siquiera tenga que ver directamente con el alcalde. No lo sé. Pero, para bien o para mal, al final del día es él quien encabeza la administración y quien debe dar la cara por lo que ocurre en el municipio.

Fui escucha involuntaria de la llamada rodada del terror, la primera porque, hasta donde supe, no se permitió. Estaba ya dormida cuando el ruido me despertó. Por un momento pensé que estaba temblando; así de fuerte se escuchaba. Después entendí de qué se trataba y no pude evitar recordar aquellos días en que, bastante enferma de Covid, con dolores y con oxigeno en cama, algún que otro vecino tenía la brillante idea de poner su música a todo volumen.

Por eso me congratuló leer que el Ayuntamiento de Tecomán anunció que esa actividad no estaba permitida.

También leí en redes un argumento de los participantes que merece ser tomado en cuenta: dicen que es un gusto que comparten, que en esas rodadas participan el carnicero, el tendero y personas trabajadoras, gente de bien que no anda robando. No me consta la historia de cada participante, pero tampoco hay razón para etiquetarlos como delincuentes. Claro que tienen derecho a reunirse, pasear, disfrutar de sus motocicletas y vestirse como les venga en gana.

En lo que definitivamente no coincido es en llamar amargados a quienes celebraron que no se realizaran estas rodadas ¿desde cuándo pedir respeto por el descanso se convirtió en amargura?

El respeto debe funcionar en ambas direcciones. Así como quienes participan en una rodada tienen derecho a disfrutar de una actividad colectiva, también lo tiene quien está enfermo y necesita dormir; un pequeño con autismo que puede verse afectado por el estruendo; una persona que trabaja temprano, una familia que tiene a un adulto mayor en casa o simplemente alguien que decidió pasar la noche leyendo, viendo televisión o descansando.

Y sí, también hay quienes no quieren reunirse en comunidades, ni participar en rodadas, ni compartir los mismos gustos. ¡Y qué bueno que así sea! La convivencia no consiste en que todos hagamos lo mismo, sino en que podamos vivir nuestras diferencias sin perjudicarnos unos a otros.

No se trata de prohibir por prohibir, ni de señalar a quienes tienen una afición. Se trata de entender que ningún gusto personal está por encima de los derechos de los demás. Ahí es donde entra la autoridad: poner orden, establecer reglas y hacerlas valer. No para quedar bien con unos cuantos, sino para procurar una convivencia en la que todos tengamos cabida.

Y hablando de orden, otro asunto que también dio de qué hablar fue el de una comerciante que terminó detenida. ¿Se justificaba su detención? No tenemos todos los elementos para afirmarlo o desmentirlo. Sería irresponsable hacerlo.

Pero el tema también nos lleva a una reflexión necesaria: tener derecho a trabajar, a vender y a ganarse la vida no significa que podamos ignorar las disposiciones que regulan el espacio público. De la misma manera, la autoridad no puede escudarse en el orden para actuar arbitrariamente. Debe explicar sus decisiones y garantizar que sus actuaciones sean legales y proporcionales.

Porque los derechos no son permisos para pasar por encima de los demás, pero tampoco son concesiones que el gobierno pueda otorgar o retirar a conveniencia.

Y aquí es donde la administración municipal tiene una responsabilidad que no puede evadir: garantizar el orden sin atropellar derechos, aplicar las reglas sin favoritismos y, sobre todo, entender que gobernar no es darle gusto a quien más ruido hace, a quien más reclama o a quien más presión ejerce.

Así que sí, hoy reconozco una decisión municipal que me parece correcta. Eso no borra lo que está mal, ni significa que de pronto todo me parezca maravilloso.

Simplemente creo que también hay que tener la capacidad de reconocer cuando la autoridad hace lo que le corresponde.

Al final, vivir en sociedad implica algo muy sencillo que a veces parece que se nos olvida: mis derechos terminan donde comienzan los de los demás. Y hacer que eso se respete también es gobernar.