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El arte no necesita aplausos, necesita oportunidades

Por Yensuni López Aldape

Hay cosas que uno termina preguntándose después de ver cómo pasan los años y cómo algunas oportunidades se van dejando escapar. En Tecomán, por ejemplo, seguimos hablando de la cultura como si se tratara únicamente de organizar un festival donde se instala un escenario y se prende el sonido. Y no, la cultura no termina ahí y el arte, mucho menos.

En Tecomán hay artistas en distintas disciplinas y expresiones que quizá no tienen la misma facilidad para aparecer en una agenda oficial, en una fotografía de redes sociales. El problema no es la ausencia de talento sino que a ese talento pocas veces se le apuesta.

Tengo tiempo queriendo tocar el tema del teatro porque esa verdad para mí, resulta particularmente reveladora.

Algo que, por cierto, siempre le voy a reconocer a Elías Lozano es haber sostenido, de una forma u otra, el proyecto teatral de los jóvenes tecomenses durante su administración. Podrán cuestionarse muchas cosas de su gobierno, como ocurre con cualquier administración, pero en materia de arte hubo una decisión de mantener y los frutos fueron abundantes.

El Festival Teatral Tecomán nació en 2017 y fue creciendo hasta convertirse este año en el Festival de Artes Vivas de la Costa, con actividades en distintos municipios y estados. Creció, se diversificó y alcanzó otros públicos, mientras aquí al entrar el nuevo gobierno municipal, fue perdiendo la posibilidad de tener de manera permanente una propuesta teatral de esa dimensión. No porque en Tecomán se hubiera acabado el talento, sino porque sostener un proyecto artístico requiere algo que muchas veces parece escaso en las administraciones públicas: voluntad y verdadero aprecio por el arte.

Sé que apoyar el arte cuesta, pero valdría la pena preguntar cuál costo es el que el gobierno está más dispuesto a asumir. Es mucho más sencillo contratar un espectáculo, poner la bocina y decir que se está haciendo cultura, que acompañar durante todo un año a un grupo de teatro, a una academia de danza, a un músico, a un pintor, a una compañía o a un colectivo.

Lo segundo implica entender que el trabajo cultural no se mide únicamente por cuántas personas estuvieron sentadas frente a un escenario una noche, sino por cuántos jóvenes encontraron ahí una disciplina, cuántos aprendieron, cuántos desarrollaron una habilidad y cuántos descubrieron que también podían construir un proyecto de vida alrededor del arte.

Durante las campañas políticas escuchamos una y otra vez que hay que acercar a los jóvenes a actividades sanas, alejarlos de las puertas falsas y ofrecerles oportunidades. Suena muy bien. El problema viene después, cuando toca gobernar y sostener esas alternativas.

Porque para mantener una puerta abierta hay que invertir. Y quizá por eso resulta más cómodo hablar de cultura que hacer política cultural.

Ahora, se está haciendo una gran inversión en la Casa de la Cultura de Tecomán y qué bueno que existan espacios dignos para las expresiones artísticas. Pero una infraestructura, por sí sola, no hace cultura. Menos si los artistas siguen sin encontrar respaldo, programación, formación, promoción y condiciones para desarrollar sus proyectos, tendremos un edificio costoso y muy bonito esperando que alguien le dé contenido real.

¿De qué va a servir una Casa de la Cultura de lujo si no se construye también una política para acompañar a quienes hacen cultura? ¿Para eventos políticos?… veremos.

Los artistas de Tecomán no necesitan únicamente un escenario. Necesitan que alguien los vea, que se conozca lo que están haciendo, que alguien les abra una puerta, que su gobierno les diga: “vamos a llevar tu exposición, tu obra, tu concierto, tu festival, tu proyecto a otro espacio; vamos a ayudarte a profesionalizarlo; vamos a generar público; vamos a buscar recursos”.

En Tecomán, debo decir, hay quienes a pesar de todo siguen resistiendo.

Ahí está, por ejemplo, Heriberto Mendoza, con su academia de baile y su festival Almas Viajeras, que cada año vuelve a levantar con esfuerzo una propuesta que se ha convertido en una tradición para muchas familias. Se sostiene porque hay una persona que ama profundamente lo que hace, porque muchas veces toca invertir tiempo y recursos propios y porque también existe un sector de la población que se resiste a dejar que ese esfuerzo desaparezca.

Pero no todos los proyectos tienen esa posibilidad. No todos pueden poner dinero de su bolsillo, no todos tienen una estructura que los respalde y no todos pueden aguantar indefinidamente que las puertas permanezcan cerradas.

En lo particular, me resulta especialmente doloroso el caso del teatro. Porque Héctor Castañeda quería hacer teatro en Tecomán. No llegó aquí por casualidad ni decidió trabajar con jóvenes de este municipio porque fuera la opción más sencilla. Había una intención muy clara de formar, de reunir juventudes y de hacer arte precisamente en un lugar donde, como ocurre en muchos municipios fuera de la capital, las oportunidades culturales suelen ser mucho más limitadas.

Y finalmente tuvo que buscar otros caminos.

Hoy, el proyecto que nació aquí se mueve por otros lugares y aquel festival teatral terminó creciendo hasta convertirse en una propuesta que este año abarcó distintas localidades y estados, con grandes escenarios en la capital colimense.

Ahora que Héctor Castañeda es acreedor al Sistema Nacional de Creadores de Arte, no ha faltado quien quiera colgarse la medalla y presumir que Tecomán tiene un creador dentro de este programa nacional. Y sí, claro que podemos sentir orgullo. Pero convendría recordar algo antes de presumir el resultado.

Ese reconocimiento no apareció porque Tecomán haya construido las condiciones perfectas para que Héctor desarrollara su carrera. Es resultado de años de trabajo, persistencia, formación y sacrificios personales; Y eso debería servirnos, por lo menos, para una reflexión.

Señores alcaldes, diputados, regidores, etcétera: qué fácil es felicitar al artista cuando ya tiene una distinción nacional. Lo verdaderamente importante habría sido estar cuando necesitaba un espacio para ensayar, recursos para montar una obra, transporte para llevar a los jóvenes, difusión para llenar un teatro o simplemente alguien que creyera que aquello que estaba haciendo valía la pena.

Eso es justamente lo que nos está faltando en Tecomán: no artistas, sino aliento para los artistas.

Porque cuando un político habla de alejar a los jóvenes de las puertas falsas, también debería preguntarse cuántas puertas verdaderas está dispuesto a abrir.

El teatro ya nos dio la respuesta. Nació aquí, creció aquí, formó jóvenes aquí y terminó yéndose.

Y ahora que ha alcanzado otros escenarios y que uno de sus principales impulsores recibe un reconocimiento nacional, quizá sería bueno que antes de presumir el resultado nos preguntáramos por qué no hicimos lo suficiente para que todo aquello siguiera floreciendo en casa.

Siendo claros, poner a alguien a cantar con karaoke, organizar un festival, entregar reconocimientos y tomarse la foto frente al escenario puede servir para llenar una agenda y, de paso, las redes sociales del Ayuntamiento. Pero no es hacer política cultural. Es jugarle el dedo en la boca al arte, sin apostar por procesos, por personas, por talento y por proyectos que quizá no den una fotografía espectacular mañana, pero que pueden cambiarle la vida a un joven dentro de cinco o diez años.

Así que, autoridades municipales: no le hagan al cuento. Tecomán no necesita que le enseñen a sus artistas a cantar. Necesita que dejen de cantarles las mismas promesas de siempre y empiecen, de una vez, a apostar por ellos.

Y qué vergüenza que tengamos que esperar a que nuestros artistas se vayan de Tecomán, triunfen afuera y regresen convertidos en orgullo nacional, solo para poder presumir, que un día fueron nuestros.