Por Yensuni López Aldape
Marzo otra vez. Y con él, el desfile de buenos sentimientos. Que la inclusión, que la empatía, que los derechos… y claro, este sábado 21 de marzo es el día del síndrome de Down, una fecha perfecta para recordarlo todo. En el discurso. Porque en el CAM de Tecomán, la realidad no se parece en nada a esos mensajes.
El CAM en Tecomán se ha sido por años la única herramienta a la que algunos padres tienen acceso para apoyarse con la discapacidad de sus hijos, así que resulta importante exponer cómo es que están siendo atendidos y el peregrinaje de lidiar con la lentitud institucional.
No estamos hablando de percepciones, ni de exageraciones. Estamos hablando de condiciones que han sido denunciadas una y otra vez por madres y padres de familia desde hace años. Instalaciones deficientes, espacios improvisados, grupos saturados y una mezcla de niveles que, en cualquier lógica educativa, simplemente no debería existir.
Niñas y niños de preescolar compartiendo espacio con adolescentes de secundaria. Todos con necesidades distintas, todos con diagnósticos que requieren atención especializada: autismo, Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), síndrome de Down, problemas motores. Y todos metidos en el mismo esquema… porque no hay otro. Desde 2019 están pidiendo algo tan básico como separar niveles. Pero, México Mágico, lo básico, siempre puede esperar.
Mientras tanto, los “salones” son, en muchos casos, espacios adaptados a la fuerza. Lugares donde debería haber atención casi personalizada, pero donde terminan concentrándose varios alumnos porque simplemente no hay más infraestructura.
Y podría escribir que tal vez las autoridades desconocen a detalle, pero no es así, porque en medio de la desesperación, el tema ha sido denunciado incluso en redes sociales, ya no puede ser más evidente, como esta publicación del 12 de febrero, hecha por una madre de familia:
“Como madre de familia me siento desesperada. Mi hijo está en la escuela de educación especial y no cuenta con un salón. Es este el pequeño espacio que tenemos y todavía faltó un niño. No tenemos iluminación y no contamos con ventilación adecuada, no hay asistentes, las instalaciones no son adecuadas y ya hemos ido a la Secretaría de Educación y no nos hacen caso. Solo vinieron a ver pero no dieron solución a nada. Nuestros niños también tienen derecho a una educación de calidad como cualquier niño”.
Más claro, imposible.
Pero si eso no bastara, hay otro dato que debería incomodar a cualquiera que tenga un mínimo de responsabilidad en el tema: una sola enfermera para 223 alumnos.
Bueno… una sola enfermera. Porque apenas hace unos días —después de tantos señalamientos— por fin se integró un médico para apoyar. ¿Es un avance? Sí. ¿Es suficiente? Ni de cerca.
Porque el problema nunca ha sido solo médico. Es estructural. Es de espacios, de planeación, de atención diferenciada, de entender que no todos los alumnos requieren lo mismo… y que no se les puede tratar como si así fuera.
Cuando las denuncias empezaron a circular, hubo movimiento. Visitas oficiales, recorridos, caras preocupadas, asentimientos… y clic clic clic, no puede faltar la foto. Ahí estuvieron autoridades de todos los niveles, incluida la diputada Yommira Carrillo.
Se documentó todo. Se escuchó a los padres. Se reconoció la problemática.
Y luego… lo de siempre: “Tengan paciencia”.
Se dijo que marzo traería respuestas. Que este mes, tan simbólico, sería distinto. Pero hasta ahora, lo único que ha cambiado es el calendario. Las condiciones siguen siendo las mismas.
Salones improvisados. Infraestructura insuficiente. Espacios compartidos que no deberían compartirse. Personal rebasado y una comunidad entera esperando.
Pero eso sí, cuando llegue el 21 de marzo, no faltará el mensaje institucional. La publicación conmemorativa. El “reafirmamos nuestro compromiso”.
Y en medio de todo esto, valdría la pena voltear a ver más allá del discurso y de las fechas conmemorativas. Informarnos de lo que realmente está pasando a nuestro alrededor. Ver cómo están viviendo quienes están en condiciones más vulnerables, como las niñas y niños del CAM.
Porque a veces creemos que estos temas no nos tocan… hasta que nos tocan.
También es momento de preguntarnos qué tanto estamos dispuestos, como sociedad, a involucrarnos. A informarnos, a compartir, a exigir… y, quien esté en posibilidad, a apoyar. Porque mientras las autoridades se toman su tiempo, hay realidades que no pueden esperar.
Y algo más importante: no olvidar.
Mantener viva la memoria colectiva. Tener presente lo que se promete —sobre todo ahora que, según dicen, “todavía no empiezan” las campañas… aunque en los hechos ya empezaron hace rato— y contrastarlo con lo que realmente se hace cuando llegan al poder. Al final, la única herramienta real de la ciudadanía es esa: la memoria.
Saber quién dijo qué. Quién fue a la foto. Quién prometió soluciones. Y quién, simplemente, pide paciencia. Y sí, las bardas de Tecomán ya lo anuncian sin pudor. Nombres, colores, slogans reciclados: “EsRosi…”, “VirgilioVa!”… y los que faltan. La misma estrategia de siempre, como si el tiempo no pasara y la gente no se diera cuenta.
Ojalá así se “contaminara” también con trabajo. Ojalá compitieran por ver quién resuelve más, quién atiende mejor, quién cumple lo que promete… y no por quién sale mejor en la foto o quién se arregla más los dientes para la campaña.
Y mientras las bardas se llenan de nombres, hay espacios como el CAM que siguen esperando respuestas. Y ahí no hay filtros. Ni eslóganes. Ahí, lo que falta… se nota.
