Por Yensuni López Aldape
Cada 8 de marzo las instituciones llenan el aire de palabras grandes: sororidad, reconocimiento, visibilidad, igualdad.
En Tecomán, el Ayuntamiento organizó su ceremonia anual para distinguir a mujeres destacadas en distintos ámbitos: empresarial, social, altruista, profesional. Un evento que, en los hechos, se ha convertido en el principal —si no el único— acto institucional dedicado a reconocer públicamente el trabajo de las mujeres del municipio.
Y hay que decirlo con toda claridad: las galardonadas lo merecen. Son mujeres con trayectorias construidas a pulso, con historias de trabajo y aportaciones reales a su comunidad. Su reconocimiento es justo y nadie tendría por qué cuestionarlo.
El problema no estuvo en quienes recibieron el aplauso.
El problema estuvo en quienes nunca fueron nombradas y además fueron engañadas con la promesa de un reconocimiento.
Porque en el salón había más mujeres convocadas de las que finalmente subieron al frente.
Mujeres que acudieron pensando que su presencia tenía un lugar dentro de la ceremonia, que su trabajo sería al menos mencionado o que el reconocimiento prometido llegaría de alguna forma.
Pero el evento avanzó… y sus nombres nunca se escucharon.
Ahí quedaron. Sentadas. Invisibles en un evento organizado precisamente para visibilizar a las mujeres.
Una de ellas, mujer de trabajo y de carácter probado, optó por retirarse con dignidad. Prefirió cambiarse de ropa y marcharse antes de seguir ocupando una silla en una ceremonia donde ya había quedado claro que nadie pensaba llamarla.
Otras mujeres hicieron lo mismo.
No hubo escándalo.
No hubo gritos.
Solo ese silencio incómodo que queda cuando algo se hizo mal.
Se fueron no porque no recibieran galardón, sino por el engaño y la humillación de estar ahí con toda la actitud y la pena con sus amistades listas para el aplauso.
Y lo más absurdo es que todo esto era perfectamente evitable. Porque no se trata de que todas reciban el mismo galardón. En cualquier convocatoria siempre habrá un número limitado de reconocimientos. Pero sí se trata de tener el mínimo cuidado de no generar expectativas que después terminan convirtiéndose en un desaire público.
Bastaba una llamada real sobre el lugar que ocuparían en esa ceremonia. Una explicación y un gesto de respeto al decirles “no tienes el galardón principal pero te queremos ahí para nombrar que fuiste nominada” algo que indicara que se le respetaba por ese solo hecho. Nada de eso ocurrió. Es posible —y hay que decirlo— que el alcalde no conociera a detalle la mecánica de la ceremonia. En los gobiernos muchas veces se confía en que las áreas responsables cuiden esos detalles. Pero esa posibilidad no lo exime de la responsabilidad política de lo que ocurre en un evento organizado por su propio gobierno.
Porque gobernar también implica hacerse cargo de los errores, incluso de aquellos que uno no planeó.
Ahora bien, si de verdad se quiere hablar de compromiso con las mujeres, el asunto no debería quedarse en una ceremonia anual ni en una fotografía del 8 de marzo.
El verdadero compromiso se demuestra en las decisiones de poder.
Hay que decirlo fuerte y claro. El mal ejemplo está en el propio Ayuntamiento de Tecomán donde la Oficialía Mayor sigue ocupada por un interino, un varón que en un área que de acuerdo al listado de funcionarios de primer nivel, debería estar encabezada por una mujer en cumplimiento de la paridad.
Ahí sí hay responsabilidad directa.
Ahí sí se toman decisiones.
Y curiosamente, en ese tema no se escucha demasiado ruido.
No se ve a las regidoras levantar la voz para exigir que se respete ese espacio.
No se observa a la comisión correspondiente empujar el tema con la misma energía con la que se pronuncian discursos cada 8 de marzo.
De esa sororidad es de la que vale la pena hablar.
Porque cuando la sororidad no implica costo político, ni pone en riesgo su sueldo ni sus plazas, solamente aparece en ceremonias, placas y fotografías.
Pero cuando significa disputar espacios reales de poder… suele volverse muy silenciosa.
Al final, el evento terminó.
Algunas mujeres salieron con su reconocimiento en la mano, bien ganado y bien merecido.
Otras se fueron con la dignidad intacta, que a veces pesa más que cualquier galardón.
Y como ni para café alcanzó, varias cruzaron la calle para cerrar la mañana en la barbacoa de enfrente. Porque mientras en los eventos oficiales a veces sobra discurso y faltan cuidados, las mujeres de verdad siguen haciendo lo que siempre han hecho en este pueblo:
sostenerse entre ellas… incluso cuando el reconocimiento nunca llega.
Mi respeto, admiración y orgullo para las mujeres galardonadas, cuyo trabajo merece ser reconocido.
Mi cariño y toda mi sororidad para aquellas que fueron invisibilizadas y engañadas por una organización que pudo hacerlo mejor.
Y mi Tristeza y decepción para quienes ocupan espacios desde donde podrían alzar la voz por las mujeres… pero prefieren guardar silencio.
