Por Yensuni López Aldape
Esta semana ocurrió un tema imposible de ignorar en la escuela María Concepción y no, no es un pleito escolar simple ni un asunto de “argüende”. Es un espejo. Y como todo espejo incómodo, a muchos no les gusta su reflejo y prefieren romperlo antes que mirarse.
Porque el problema no empezó con la protesta. Empezó mucho antes, cuando el sistema educativo decidió convencernos de que había cambiado. Que ya no era como antes. Que las plazas ya no se vendían. Y quizá sea cierto… ahora simplemente se colocan, se gestionan, se acomodan con la habilidad de quien sabe a qué puerta tocar. El resultado es el mismo: directores que llegan sin consenso, sin legitimidad, por familiares y, muchas veces (la gran mayoría) sin conocer el terreno que pisan.
Y cuando eso pasa, la escuela se vuelve un lugar tenso. No de un día para otro, sino poco a poco. Hasta que un día padres de familia y maestros coinciden. Y ojo: eso no es cualquier cosa. Es como ver a dos equipos rivales ponerse la misma camiseta. Cuando ocurre, el mensaje es claro: el problema ya rebasó la paciencia colectiva.
El conflicto de la primaria María Concepción no puede leerse aislado. Porque aparece otra figura que abona al desencanto y al hartazgo colectivo, y que obliga a ampliar la mirada: la maestra de esa misma escuela, Liz Briceño, quien además funge como regidora. Y aquí vale la pena dejar clara la postura, sin rodeos y sin ambigüedades: el servicio público no es multitarea. ¿A quien de los simples mortales trabajadores de a pie se les paga en un empleo mientras vas a otro?.
Se nos ha querido vender la idea de que alguien puede ser regidora por la mañana, maestra al mediodía, gestora por la tarde y representante social cuando haya tiempo. La realidad es otra: nadie puede estar en todo sin estar ausente en algo. Y en este caso, lo que está ausente es la atención plena.
Liz Briceño no es la única con dos empleos públicos en este Cabildo, y para todos aplica el mismo dicho que cae como anillo al dedo: el que mucho abarca, poco aprieta. Pero en la vida pública local se le añadió una línea más: el que mucho abarca, poco aprieta… pero cobra completo. Porque aquí el problema no es solo la dispersión, es el incentivo. Doble función, doble sueldo, doble justificación y cero autocrítica. Y quizá tampoco importe tanto la crítica externa; al final, las masas olvidan… pero el “amasaje” de dos salarios durante tres años nadie lo arranca.
Las escuelas seguirán esperando. Los padres preguntando. Los maestros acumulando inconformidades. Y el sistema, fiel a su costumbre, guarda silencio. Porque reconocer que hay algo mal implicaría revisar nombramientos, reglas, compatibilidades y, peor aún, privilegios.
La educación pública no debería ser un tablero de ajedrez político ni una extensión del Cabildo ni de ningún otro cargo. Ningún profesor debería estar más saturado de lo que corresponde si se espera que haga bien su trabajo. Pero renunciar a un sueldo parece ser demasiado pedir. Nadie tan comprometido como para soltar un cargo y decir: “de aquí soy”.
Y no, probablemente no va a pasar nada. Tal vez en este caso, se vaya el director… a otra escuela. Llegará otro, quizá igual de improvisado. Habrá más profesores-regidores, más cargos compartidos, más explicaciones que no explican nada. El sistema seguirá en automático.
Y al final, como siempre, la pregunta no es quién falla, sino quién paga el costo.
Quién recoge los platos rotos.
Y puedo asegurarlo sin margen de error: los funcionarios no son. Nunca lo son.
