Por Yensuni López Aldape
Hablemos de “Lealtad”, palabra que en México suele usarse más como reproche que como valor. Y en tiempos preelectorales —como los que ya empezamos a vivir rumbo a 2027 en Colima— se convierte en un látigo: sirve para golpear al que se va, pero rara vez para exigir cuentas al que se queda.
Este es, sin duda, el año de los movimientos silenciosos. Los partidos ya trabajan desde ahora para ganar terreno, sumar “perfiles competitivos” y, cuando se puede, robarse personajes con “capital político”. Al mismo tiempo, muchos actores comienzan a medir el agua: quién sí cumple, quién no, quién promete y quién traiciona. Entonces aparece la narrativa conocida: chapulín, oportunista, malagradecido.
Conviene hacer una pausa y formular la pregunta directa: ¿lealtad a qué exactamente? ¿a un proyecto, a una causa, o a una cúpula?.
La realidad es menos romántica de lo que nos quieren vender. Hoy, en el sistema electoral mexicano, los partidos no son una opción ideológica, son más bien una condición operativa. Y así está diseñado el tablero, para que un candidato verdaderamente independiente, sin estructura ni recursos, tenga pocas probabilidades reales de competir. O se sube a una plataforma partidista… o se queda mirando la elección desde la banqueta.
Y aquí es donde empieza la hipocresía colectiva.
El primer gran salto político que redefinió la historia reciente del país lo protagonizó un ex priísta. Andrés Manuel López Obrador dejó el PRI, luego el PRD, fundó su propio movimiento y terminó llegando a la Presidencia. A él no se le acusó de traición; se le reconoció como ruptura. La diferencia es clara: cuando se gana, el salto se llama valentía; cuando no, se llama chapulineo.
Se repite hasta el cansancio que “el partido me formó”, que “ahí nací políticamente”, que “los colores se respetan”. Pero poco se habla de la otra cara del espejo: los partidos casi nunca son leales a su propia gente. Las decisiones se toman arriba, las candidaturas se negocian lejos de la militancia y la legalidad se usa solo cuando conviene. En casos extremos, incluso se llega al absurdo de impugnar triunfos propios (Caso PRI contra PRI en las regidurías pasadas de Tecomán), como si el enemigo estuviera adentro… porque muchas veces lo está.
Las élites partidistas no defienden principios; defienden parcelas de poder. No cuidan trayectorias; cuidan equilibrios internos. Y cuando un perfil deja de ser útil, estorba o no se alinea, se vuelve desechable. Eso sí: si decide irse, la culpa es suya y el juicio público es inmediato.
Preguntaría sin rodeos a la clase política experta, (uno es simple espectador): ¿cuánto debe aguantar un militante para ser considerado “leal”?, ¿Debe soportar marginación, deslealtad interna, imposiciones y hasta sabotajes solo por miedo a la etiqueta que le pondrá el electorado?
Tal vez el problema no es que algunos se vayan, sino que los que votamos hemos aprendido a exigir sacrificios individuales para proteger estructuras que no se sacrifican por nadie.
Quizá ya va siendo hora de cambiar el enfoque. De dejar de ver a los partidos como casas ideológicas y empezar a mirarlos como lo que realmente son: vehículos. Unos más oxidados que otros, pero vehículos al final. Ninguno, en los hechos, defiende los intereses que pregona con la pureza que presume en campaña.
Y quizá —solo quizá— este sea el momento de que como ciudadanía demos un paso más maduro: fijarnos en las personas, no en las siglas. Evaluar el trabajo comprobable, la congruencia, la cercanía con la gente, la capacidad de sostener una postura incluso cuando incomoda. Estén donde estén. Se llamen como se llamen sus partidos.
Porque si seguimos castigando a quien se mueve y premiando a quien obedece sin chistar, lo único que perpetuamos es un sistema donde cambian los colores… pero no las prácticas. Donde la lealtad se exige hacia abajo y la traición se ejerce desde arriba.
Y eso, visto sin romanticismos, no es lealtad. Es miedo, costumbre, resignación.
Desde estas trancas, viendo pasar a unos que se van y a otros que se quedan aguantando lo inaguantable, la pregunta no es quién traiciona a quién… sino hasta cuándo vamos a seguir llamando virtud a quedarse en un lugar que ya no es digno de lealtad (Dícese de todos los partidos políticos)
En Tecomán este proceso ya comenzó, aunque muchos prefieran fingir sorpresa cuando estalle de lleno. Veremos adhesiones anunciadas con sonrisas, renuncias envueltas en discursos de principios y una cascada de descalificaciones entre quienes ayer se llamaban compañeros.
Habrá quienes se vayan en silencio y quienes hagan ruido para justificar su salida; quienes lleguen como “refuerzos” y quienes sean señalados como traidores. Nada de esto será nuevo. Lo único distinto será la intensidad. Conviene irnos preparando, no para tomar partido de inmediato, sino para observar con lupa y no tragarnos el guion fácil que siempre acompaña estos movimientos.
La lealtad que sí nos corresponde es con Tecomán, con nuestro municipio y con la gente que vive aquí todos los días las consecuencias de las malas decisiones. En nombre de esa lealtad, toca evaluar el trabajo individual, exigir resultados comprobables y juzgar trayectorias, no colores. A ningún partido le debemos fidelidad ciega, porque si los partidos nos han usado durante años como escalón, como pretexto y como clientela cautiva, tal vez ya es hora de usarlos nosotros y entenderlos como lo que son: plataformas, no credos.
Al final del día, en todos hay gente valiosa y gente cómoda, gente que trabaja y gente que solo calienta la silla. Lo que toca no es defender colores, sino premiar el esfuerzo y castigar la simulación, venga de donde venga. Ahí empieza, de verdad, la lealtad con el pueblo.
