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El Viaje de Iván, servir hasta el final

Poy Yensuni López Aldape

Dicen —y dicen bien— que el segundo dolor más grande que una persona puede sufrir no es la muerte de los padres, sino la de un hijo. Es un dolor que incluso percibimos como antinatural: somos los padres quienes deberíamos decir adiós, nunca ellos a nosotros. Tan grande es esa herida que no ha sido posible ponerle un nombre. No existe una palabra que abarque ese abandono. No eres viuda, no eres huérfana: eres fragmentos apenas pegables. Quizá quisieras morir, pero no mueres. Y esa es la realidad más cruel: no mueres, solo sigues, respirando a sorbos el aire, aprendiendo a existir con un vacío que no se llena.

No intento ponerme en el lugar de una madre en esas circunstancias; nada puede ser aliento, nada recompone esos fragmentos.

Era la misa de las nueve de la mañana en la parroquia de Santiago Apóstol, Santuario Mariano Diocesano, la casa de la Candela, cuando a sus pies llegó una madre a presentar el cuerpo de su hijo Iván. Del teniente de navío Juan Iván Zaragoza Flores, de la Secretaría de Marina de México. Para ella no era un rango ni un uniforme: era su hijo. El niño que llevó en el vientre y que un día se fue a cumplir sus sueños.

Los medios dieron cuenta de los últimos momentos de Iván, fallecido en la tragedia aérea de Galveston, Texas, el lunes 22 de diciembre. Pero ninguna nota alcanza para explicar lo que ocurre cuando una madre entra a una iglesia cargando el silencio más pesado que existe.

Para una periodista que también es madre, resulta difícil dar cuenta y acercarse hasta un límite prudente para no invadir el dolor; mirar de frente, con empatía y solidaridad, una situación tan descarnada. Ahí estaba su familia. No se sentaron en toda la misa. Tampoco dejaron de llorar.

El sacerdote, también joven, Manuel Cárdenas, proclamó el Evangelio en el pasaje de los Reyes Magos. Habló de aquellos hombres que emprendieron un viaje largo, incierto, guiados solo por una estrella y por la convicción de que su vida tenía sentido en el servicio. No se quedaron en la comodidad de su tierra ni preguntaron qué ganarían con el camino; cargaron dones y caminaron hacia lo desconocido para ponerse al servicio de alguien más grande que ellos mismos.

Los Reyes Magos no regresaron siendo los mismos. El servicio los transformó. El viaje los cambió. Porque servir siempre exige dejar algo de uno en el trayecto, y por eso no es para todos. Servir implica riesgo, implica cansancio, implica renuncia. Implica, muchas veces, no volver por el mismo camino.

Iván -dijo el sacerdote- puede enseñarnos eso. Que estaba en su misión. Que su vida no se explica desde el tiempo que duró, sino desde la forma en que fue entregada. Como aquellos Reyes de Oriente, salió al camino no para ser visto, sino para acompañar; no para recibir honores, sino para responder a una vocación de entrega. Entendió que la vida cobra sentido cuando se pone al servicio de los demás, cuando se vive con generosidad, cuando se acepta que hay llamados que no se negocian.

Ese viaje, ese vuelo, fue también servicio. Como parte de una institución cuya esencia es acudir cuando otros sufren, algo ocurrió en el camino que humanamente no podemos comprender. Pero es ahí donde se revela la profundidad de su entrega: Iván hizo una buena acción y se entregó en ella. Tuvo una inquietud en el corazón, una vocación que lo llevó a aprender a darse, a salir al encuentro del dolor ajeno, acompañando a una familia que sufría, sin saber que después sería la suya la que cargaría la cruz.

“En medio de la tristeza que humanamente experimentan -concinuó el sacerdote- levanten su mirada a Dios y den gracias por la vida que le concedió, por el tiempo, por lo que vino a ayudar, por los momentos de alegría”.

Quienes asistieron a la misa despidieron a Iván con aplausos. Porque así se despide a los grandes. Y no, no hubo autoridades municipales. Al menos ahí, nadie dio el pésame a su madre en nombre de todo Tecomán. No estuvieron, pero tampoco hicieron falta.

Porque estuvo el pueblo. Estuvieron sus amigos. Y partió escoltado por tres ambulancias, tres unidades de paramédicos cuyas sirenas lloraron a nombre de Tecomán, a nombre de los jóvenes que compartieron con él la vida, a nombre de sus profesores, a nombre de las madres que saben que no hay consuelo en la tierra.

Solo queda una certeza: que irse de este mundo ayudando al que sufre no es una forma de morir… Es una forma de quedarse para siempre.