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La nueva frontera del aprovechamiento político

Por Yensuni López Aldape

En Colima, las áreas de donación —que deberían convertirse en escuelas, parques, centros de salud o espacios culturales— se están convirtiendo en la nueva frontera del aprovechamiento político. Se están entregando, silenciosamente, para resolver urgencias políticas disfrazadas de justicia social.

El caso de Real del Bosque no es una excepción: es la confirmación de un patrón que debería levantar las alertas. Lo dijo el propio secretario general de Gobierno, Eloy García Alcaraz, -titubeante tal vez- pero lo aceptó “Mayoritariamente sí” -es decir, que la mayoría de las Viviendas del Bienestar en Colima se están construyendo sobre áreas de donación ya urbanizadas.

La declaración es tan grave como normalizada. Porque si las áreas de donación fueron creadas justamente para asegurar servicios en el futuro, ¿qué futuro estamos cancelando cuando se destinan a viviendas? ¿Dónde se supone que se instalarán las escuelas de las generaciones que apenas están naciendo? ¿Dónde quedarán los espacios recreativos, los módulos de salud, los parques necesarios para sostener la vida comunitaria?

Lo que hoy está sucediendo no es espontáneo: es producto de años —o mejor dicho, décadas— de una política urbana que se administra a corto plazo, con urgencias electorales y sin visión de ciudad. Las áreas de donación han sido tratadas como “reservas disponibles”, como si no tuvieran un propósito social superior. Lo que debiera ser un patrimonio común se convierte en una ficha política más.

La narrativa oficial, el argumento, es el de siempre con la llamada transformación: “Es para la gente de escasos recursos”. Pero la pobreza no puede ser excusa para sacrificar el futuro de los mismos pobres.

Es cierto: las Viviendas del Bienestar buscan atender a familias que nunca han tenido una casa. Y eso, en esencia, es noble. Pero la forma en que se está haciendo compromete la estructura misma de las colonias. Es construir futuro destruyendo futuro. Es atender una necesidad legítima generando otra aún más grave.

¿Qué pasará cuando se entreguen las viviendas y los servicios no alcancen?

¿A quién señalarán entonces? Y todavía falta otra capa: la ausencia total de participación ciudadana.

Los vecinos ni son informados ni son consultados. Se enteran cuando ya hay maquinaria, o cuando ya existe un proyecto avanzado. Y cuando levantan la voz, la respuesta del gobierno es: “La ley no obliga a consultar” así lo confirmó Eloy García. Tal vez no obliga. Pero la ética sí. La ciudad no puede seguir construyéndose sin sus habitantes. Y mucho menos en contra de ellos.

Las áreas de donación existen porque una colonia, eventualmente, necesitará una secundaria, un preescolar, un parque. Ahí está la ironía: el propio secretario admitió que esos espacios fueron pensados así, pero que hoy se utilizan para viviendas “porque ya están urbanizados y abaratan costos”.

Ojo con la palabra clave “abaratan”. Sí, Abaratan para unos, encarecen la calidad de vida de todos.

Lo que hoy sucede en Real del Bosque pasará mañana en cualquier otra colonia de Colima donde exista un terreno vacío etiquetado como “donación”. Y no será sorpresa: será política pública.

Tecomán no puede seguir cediendo su futuro a cambio de soluciones improvisadas.

Los terrenos de donación no son casualidad ni capricho: son una inversión a largo plazo. Son la condición mínima para que una comunidad crezca con orden, justicia y dignidad.

Lo que se está perdiendo no es un pedazo de tierra: es la oportunidad de que una colonia tenga lo que por derecho le corresponde. Si ese debate no se da hoy, mañana será demasiado tarde. Porque cuando falten las escuelas, los parques, los espacios comunitarios y los servicios, no habrá terreno que alcance para reconstruir lo que ya se está entregando.

Y entonces, como siempre, será la gente la que pague el costo de la improvisación ajena.

Hoy inició la colecta anual del patronato “Sólo por Ayudar”, esa organización que, como cada año, sale a hacer lo que el gobierno jura que ya está resuelto. Porque mientras desde el escritorio se presume que “todo marcha bien”, la realidad es que la salud pública en Tecomán sigue sosteniéndose gracias a la sociedad civil organizada, a los voluntarios incansables y al personal médico que todos los días hace milagros con lo que tiene… y también con lo que no tiene.

Los pacientes que llegan al Hospital General lo hacen con la esperanza de recibir atención “como en Dinamarca”, como nos prometieron. Pero la verdad es que aquí la diferencia no la hace el sistema, sino la solidaridad: las medicinas que faltan, los insumos que escasean, las urgencias que no esperan… muchas veces se resuelven gracias al trabajo silencioso del patronato y al compromiso del personal de salud.

Por eso, si le queda un poquito de espíritu altruista —y todavía más importante, si le queda energía— puede sumarse a cualquiera de las actividades de diciembre o participar en los días de Consumo y Apoya. Cada peso suma y cada gesto ayuda, porque lo recaudado se va directo a cubrir necesidades reales del hospital y de sus pacientes, esos que no pueden esperar a que la burocracia decida moverse.

En un Colima donde “todo va bien” solo en los boletines oficiales, las colectas como esta, nos “ayudan” a recordar una verdad incómoda: que sobrevivimos gracias a nosotros mismos como sociedad, no gracias al gobierno.

Y por eso, apoyar sí hace la diferencia.