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La familia no es parámetro: los resultados sí

Por Yensuni López Aldape

Hay muchas formas de medir a un político. Algunos prefieren contar abrazos, otros medir metros de cinta cortada, y unos cuantos —los menos, lamentablemente— se atreven a evaluar resultados. En teoría, lo elemental sería juzgarlos por la coherencia entre lo que prometieron y lo que hacen, por su capacidad de privilegiar los intereses de las mayorías y, claro, por esa cosa tan antigua y tan olvidada llamada “principios de servicio”. Porque, al final del día, su labor es servir… o al menos eso decía el manual antes de que lo reemplazaran por el libreto de la selfie y la ocurrencia.

Este sábado, en la marcha en Tecomán por justicia tras el asesinato de Carlos Manzo en Uruapan y en la que se exigió también la revocación de mandato (aquí es donde deberían ir consignas como “¡Fuera el narcoestado!” y “¡Justicia para Carlos!”), el contingente no era precisamente multitudinario. Digamos que no llenaba avenidas, pero sí llenaba el ánimo. Lo que faltó en cuerpos se compensó con convicción. Eso sí, entre los asistentes desfilaron algunos personajes que ya fueron o quieren seguir siendo parte del poder… y cuyos resultados no los acompañan ni con guardaespaldas. Vergüenza les debería dar presentarse ahí.

Pero ese no es el tema que hoy quiero rozar con el estribo. Lo que verdaderamente llamó la atención fue la presencia del padre, la hermana y el cuñado de la diputada tecomense Yomira Carrillo. No es secreto que entre ellos no florece precisamente un jardín de armonía, y yo no tocaría el asunto —no soy de lavar ropa ajena— si no fuera porque se expuso públicamente. Y, si se expone públicamente, pues se comenta. Así funciona esto.

El punto es simple: en política no debería usarse el ámbito familiar como arma arrojadiza cuando no hay recursos públicos ni ilegalidades involucradas. Nada más íntimo ni más complejo que una familia. Y en este país ¿quién no tiene una tía que idolatra al gobierno y un primo que grita “¡que se vayan todos!” en cada reunión? Lo verdaderamente ciudadano —ese ejercicio que tanto nos cuesta— es aprender a tolerar las diferencias sin convertir la sobremesa en campo de batalla. Ya está muy repetido eso de que “ni los dedos de la mano son iguales”, pero es cierto: cada dedo sirve para algo y ninguno se anda sintiendo superior. Deberíamos aprenderles.

A lo que voy: la diputada Yomira Carrillo no debería ser evaluada por lo que hagan o dejen de hacer sus familiares. Que su padre y su hermana pidan la revocación de mandato y griten “fuera Morena” mientras ella se declara orgullosa de portar la camiseta guinda… pues mire usted, eso se llama libertad. Y en un país donde todo el mundo quiere uniformar pensamientos, a veces es refrescante ver que una misma familia demuestra que se puede disentir sin incendiar la casa.

Ahora, no se me malentienda. Que exista un mensaje político ahí, lo hay. Que exista también un mensaje personal, ni duda cabe. Pero uno no invalida al otro. Cada historia es individual. Cada postura es legítima. Y cada quien, como dice el dicho, se cuece aparte. Por eso es triste y denigrante que se pueda usar el tema como cuchillada política.

Lo que sí debe ser evaluado de la diputada es… bueno, su desempeño. Y ahí sí, ni cómo ayudar. Su paso por el Congreso ha sido tan lamentable para Tecomán, que el único mérito visible es ser amiga de las personas correctas para hacer el trabajo incorrecto. Sus “gestiones” son las mismas de siempre, esas que vienen en el combo básico del PRI y del PAN desde hace décadas: una foto aquí, un apoyo allá y el eterno discurso reciclado. Es inmadura, discute en redes con la finura de pleito de mercado, opina sin sustento, pasea con la soberbia de intocable y se burla sin entender del todo de qué habla. En resumen: un desastre político con credencial.

Y es eso —solo eso— lo que debería dejarla fuera de cualquier proceso electoral futuro. No la postura de su familia, no la diferencia de ideas, no el desacuerdo doméstico. Porque en un país que quiere ser mejor, lo primero que debemos aprender es que la pluralidad empieza en la mesa de la casa. Y si ahí no sabemos convivir sin juzgar, ¿cómo aspiramos a construir algo distinto afuera?

La tolerancia en la familia es el ensayo general de la democracia. Ahí aprendemos —o no aprendemos— a respetar que el otro piense distinto. Si fallamos en eso, no importa qué partido gobierne: siempre estaremos gobernados por nuestra propia intolerancia.