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Pido perdón por el nivel de debate

(Para quienes no vieron la sesión de 1 hora, la resumo en tres minutos)

Por Yensuni López Aldape

Trigésima tercera sesión extraordinaria del cabildo de Tecomán: tema serio, presupuesto, créditos, millones en préstamos sobre la mesa. Pero bastaron unos minutos para que la sesión se pareciera menos a una asamblea municipal y más a una función de chismes con micrófono, el espectáculo más caro que pagamos los tecomenses y ni siquiera da risa.

Todo empezó con el regidor Haro levantando la voz, como quien prepara el drama:

—Solo tengo unas dudas —dijo con aire de sabueso—. ¿Por qué subió el apoyo al DIF dos millones más que el año pasado?

Un silencio breve, incómodo. Luego, la tesorera explicó con paciencia de maestra de primaria que se trataba de aportaciones, ISR, pagos al Ipecol… esas cosas aburridas que matan cualquier discurso político.

Pero Haro no soltó el hueso.

—¿Y por qué hasta ahora? ¿No se pudo prever?

A lo lejos, el alcalde sonrió. Esa sonrisa de quien ya huele el pleito y sabe que, con un poco de picante, el show se pone bueno.

Llegó el turno del crédito de 28 millones, y ahí sí: se desató la verbena.

—Es importante que seamos transparentes —dijo Haro, ya con tono de diputado de pasillo—.

No estamos jugando con el municipio.

Le brincó David Grajales, que siempre habla como si estuviera recitando un reglamento e intenta quedar muy bien parado con el edil —La verdad, Haro, tus comentarios… no son coherentes. Tú también has presentado dictámenes sin firmas.

El tono subió. Las cejas se alzaron. Y los argumentos empezaron a evaporarse.

—Lo entiendo, regidor David —contestó Haro, con ironía—, porque tú ni comisiones tienes. No llevas nada desde que entraste, ni papeles traes, solo lo que te aprendes de memoria.

David se acomodó la postura preparando su “argumento”.

—No necesito comisiones para trabajar —replicó—. Lo que pasa es que no entiendes los dictámenes, y luego pides la palabra sin comprender lo que te escriben.

El salón se volvió un zumbido de pensamientos en murmullos

—Documéntate, Haro —remató David—, y haz un debate de altura.

El alcalde, entre divertido y preparado para entrarle, lanzó su ya clásica frase:

—¿Alguien más?

Rieron algunos (con la mirada). Otros bajaron la vista.

Pero Haro no se quedó callado.

—Las sesiones son para que la gente se entere, y la gente sabe que los parques están sucios, que hay multas a comerciantes y que siguen cobrando de más. ¿Eso también es culpa mía?

Desde su asiento, Armando Reyna, (qué alguien le diga que él es el presidente, que tiene estatus, que puede mantenerse a la altura con los problemas, qué necesidad) su dosis: —Mire, regidor, lee muy bien pero no comprende. No son sus palabras, son las de alguien que se las escribe.

Aplausos contenidos, risas nerviosas.

Y luego, como buen alumno aplicado, remató: —Aquí no debemos ninguna quincena. No somos como esos municipios donde ustedes gobiernan.

El golpe bajo de costumbre.

—Yo no sé por qué menciona otras administraciones —replicó Haro—. No estoy hablando de eso, estoy hablando de transparencia y endeudamiento.

Pero ya nadie escuchaba. El debate se había vuelto un concurso de egos: quién decía más, quién hacía reír al público, quién se salía con la suya.

Cuando tocó votar el crédito, diez manos arriba, tres en contra. Los que votaron en contra —dijo Armando con sonrisa de ganador y bien instalado en el drama acusatorio para que escuchara bien todo el público de redes y cada sindicalizado: —, votaron contra el pago de los trabajadores.

Angélica Cervantes pidió la palabra, seria y cansada: —Estoy a favor de que se pague a los trabajadores. Pero en contra de la forma en que se aprueban las cosas, sin tiempo para analizarlas.

Nadie le respondió.

El guion ya estaba escrito.

Al final, el alcalde cerró la sesión con el mismo tono con que se apaga la luz después de una comedia: —¿Alguien más?

Además de Jorge González, nadie más hizo uso de la voz, así que el show trae extras incluidos (claro también cobran bien)

Lo triste no es el tono del debate, sino que ese nivel de mediocridad ya se volvió la normalidad institucional. Y mientras se aplauden entre sí sus ocurrencias, Tecomán sigue pagando —literalmente— el espectáculo más caro que un boleto al concierto de Shakira.

Es cierto, Haro no tiene pies ni cabeza en sus argumentos —si no sabe o no los sabe plantear, ya es otro tema—, diremos que al menos intenta debatir.

También es cierto que David no preside ni una sola comisión; y tiene el cinismo de presumir, “que no necesita comisión para trabajar”, luego entonces, si trabaja o no, es algo realmente discutible porque a la vista no se ve nada, puedo estar equivocada como otros cientos.

A reserva de lo que digan los expertos, la ley del municipio libre en su artículo 53 fracción novena reza a la letra “son facultades y obligaciones presidir cuando menos una comisión de la establecidas en el reglamento de esta ley”.

Lo que no tiene discusión es que los demás regidores parecen parte del mobiliario, y que el alcalde, en lugar de elevar el nivel, se sumó al espectáculo, podría hacer mucho mejor las cosas por bien de su propia imagen.

La verdad mayor —y más vergonzosa— es que un recinto que debería ser símbolo de gobierno serio, termina convertido en un lavadero de vecindad con micrófonos y presupuesto público.

Dijeran ahí mismo…Es cuanto!.