Con la voz entrecortada, Adán Iván Vargas Bravo, rural de 2/a y comandante de la primera sección de la segunda Compañía de las Defensas Rurales en Tecomán, habla con nostalgia y coraje: “Nos agarraron por sorpresa, nunca nos avisaron nada. De repente llegó el comunicado de que teníamos que entregar armas, uniformes y todo… y pues así, de un día para otro, nos desaparecen”.
Después de más de 100 años de historia, los Cuerpos de Defensa Rurales —una institución nacida durante la Revolución Mexicana en 1913— están por desaparecer oficialmente el 16 de noviembre, cuando los últimos elementos entreguen sus equipos.
En el caso de Tecomán, Vargas Bravo señala que su compañía cuenta con cerca de 200 elementos, encargados de resguardar los ejidos, proteger los recursos naturales y mantener el orden en las zonas rurales: “Nosotros hacíamos recorridos cada mes, pero si en algún ejido nos decían que había robos o problemas, era nuestra obligación ir, uniformarnos y patrullar. Todo era por compromiso, por cariño al campo y por proteger a nuestra gente”, recuerda el comandante.
A pesar de que no recibían sueldo alguno, los rurales eran parte activa del sistema de seguridad en coordinación con el Ejército Mexicano, participando también en operativos contra el tráfico de drogas y armas: “Éramos voluntarios, la mayoría ejidatarios o hijos de ejidatarios. Para ser rural no se necesitaba dinero, sino amor por la tierra y compromiso con el campo”, dice Vargas Bravo con orgullo.
La orden de desaparición llegó sin previo aviso: “Nosotros no sabíamos nada, y de pronto que nos llaman a entregar todo. Fue un golpe duro, porque esto no era solo un uniforme, era una forma de vida”, lamenta.
En Colima existían cuatro compañías que cubrían todo el estado, desde Cihuatlán hasta Armería, incluyendo la zona de Tecomán y Colima capital. Hoy, sus miembros sienten que con su salida se deja desprotegido el corazón del campo.
“Desgraciadamente son órdenes superiores y uno tiene que acatarlas, pero sí da coraje. Nosotros manteníamos el orden en los ejidos, ayudábamos cuando había incendios o desastres. Ahora, ¿quién lo va a hacer?”, cuestiona Vargas Bravo.
Para él, la desaparición de las Defensas Rurales no solo representa el fin de una corporación, sino el cierre de un capítulo en la historia del México rural. “Esto es una reliquia, una leyenda viva… y ahora nos dicen que ya no existimos. Se va una parte del campo mexicano con nosotros”.
Adán Iván observa su viejo uniforme verde olivo colgado en una silla. Lo acaricia con respeto. “Hasta el 16 de noviembre estaremos en funciones. Ese día entregamos las armas… pero no el orgullo de haber sido rural.”
