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De la tribuna a la pachanga: así se gobierna ‘diferente’

Por Yensuni López Aldape

No quería escribir hoy, pero, pues a veces las circunstancias obligan. La diputada de Morena por Tecomán, Yomira Carrillo, en un arranque de sinceridad involuntaria —y tal vez de cinismo consciente— suelta la joya: “Pero ahora sí vamos a ser como Venezuela”. Y no lo dijo en tono de advertencia; lo dijo con el torno característico que la distingue, en soberbia y burla de quien ahora ostenta un poder, porque puede y se le antoja.

Después de que el video con su frase se viralizara y empezara a recibir críticas en redes, la diputada no mostró ni un ápice de madurez ni humildad. En lugar de asumir la gravedad y el tono de sus palabras, se comportó como una niña berrinchuda, peleando con cualquiera que se atreviera a cuestionarla, defendiendo su “joya” con risitas y soberbia adolescente. Más que una representante popular, pareció una influencer enojada que no acepta un “no” y prefiere alimentar el circo con su inmadurez. Así, entre desplantes digitales y actitudes infantiles, dejó claro que el “nuevo” estilo de gobernar no es más que un teatro donde el poder es excusa para el capricho y la arrogancia.

Es incierto que el comentario fuera previo a la aprobación de la reforma al Código Fiscal del Estado de Colima —esa que Morena y sus aliados votaron para darle al Gobierno del Estado el poder de embargar y rematar los bienes de cualquier ciudadano que le deba impuestos—, pero lo que sí es real es que fue en tribuna donde la diputada —que la primera vez llegó al Congreso por accidente y la segunda por pura inercia electoral— ha destacado no precisamente por su sensibilidad, sino por esa arrogancia que da saberse en el bando del poder. Lo malo de la soberbia es que no paga impuestos… pero a veces se cobra en las urnas.

Y mientras en el Congreso se jugaba al Manual del Buen Chavista, en Tecomán se celebra por lo alto el cumpleaños del presidente municipal, Armando Reyna. Hasta ahí, todo bien: todos tenemos derecho a un pastel y unas “Mañanitas”. El detalle es el lugar elegido: el auditorio de la Casa de la Cultura. Sí, ese espacio público que se supone es para actividades artísticas, talleres y presentaciones culturales… no para convertirse en salón de fiestas con decoración en dorado y guinda, tan imperial que bien podría recordar a un banquete del Segundo Imperio Mexicano, pero versión “austeridad republicana”.

Para el toque musical, nada menos que el mariachi Los Caporales; para la decoración, mesas elegantemente vestidas; y para la comida, un menú tan “modesto” como simbólico: café, pan, costilla, huevo y frijolitos. Porque claro, la fiesta del pueblo no podía romper con el discurso de sencillez… aunque la sencillez viniera con mantel largo y un centenar de funcionarios compartiendo el pan y la sal.

Para acabarla, el propio alcalde compartió orgulloso las fotos en su perfil de Facebook. Y no es sorpresa: Reyna tiene la costumbre de reírse de las notas polémicas y hasta parece disfrutarlas, como quien colecciona medallas de guerra. Es un estilo que arrastra desde su paso por el PRI y que ahora, en Morena —donde prácticamente son las mismas caras—, explota con mayor libertad. El mensaje es claro: no importa la crítica, mientras se conserve el aplauso de los suyos.

El problema de usar inmuebles públicos para eventos privados no es solo que se rompa con la vocación original del espacio, sino que se envía un mensaje ético equivocado: que los bienes de todos pueden ponerse al servicio de unos pocos según la conveniencia del momento. En un contexto de “recursos limitados”, esto desgasta la confianza ciudadana y normaliza el uso de lo público como patrimonio personal.

Lo curioso —y aquí la hipocresía florece como bugambilia en primavera— es que si esto lo hubiera hecho otra administración, ya estarían los mismos gritando “¡escándalo!” y redactando hilos de Facebook sobre el abuso de recursos. ¿No que eran diferentes…? Yo no veo diferencia entre esto y los mariachis que Jorge Luis Preciado metió al Senado. Nomás cambia el escenario, pero el numerito es el mismo.

Así que entre diputadas que festejan parecernos a Venezuela y alcaldes que convierten la Casa de la Cultura en salón de eventos, uno se pregunta si de verdad aquí cambió algo… o si nada más cambiaron los que ahora cobran la entrada.

Y si vamos a normalizar que la Casa de la Cultura sea salón de eventos, mínimo que el Ayuntamiento se ponga creativo y saque sus Paquetes de Fiesta Oficial: renta del auditorio, mariachi incluido, decoración imperial en guinda y dorado, diez patrullas para escoltar a los invitados, banda de guerra para el brindis y tres agentes de tránsito para apartar lugares de estacionamiento. Todo, claro, con descuento especial para funcionarios en activo y sus amigos de confianza. Total, si el espacio es de todos, que también la fiesta del Bienestar se reparta…

Mientras los ciudadanos seguimos dándole vueltas al mismo circo, sin opciones que “den el ancho”. Pero como aquí nadie se salva, ni los “diferentes” ni los de siempre, la recomendación es clara: agarrémonos de la risa, que lo que no arregla la política, lo arregla el sarcasmo. Nos leemos el martes, antes o después, desde las trancas, donde el ganado se ve mejor.