Como si se tratara de una tragicomedia escrita por la mano de la intolerancia, el gobierno de la Cuarta Transformación—ahora en su segunda temporada, con Claudia Sheinbaum al frente—decidió colocarse, sin pudor alguno, en el lado equivocado de la historia. La intentona por imponer una reforma a la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión es, ni más ni menos, un atentado a la libertad de expresión, y como espada de Damocles pende sobre la cabeza de periodistas, comunicadores y ciudadanos críticos que no aplauden por consigna.
Y no es una exageración. El proyecto enviado al Congreso, que el oficialismo intenta deslindar de la presidenta con “a”, Claudia Sheinbaum Pardo, fue duramente rechazado por periodistas, medios independientes, universidades públicas y privadas, y organizaciones de la sociedad civil. El repudio es generalizado porque la iniciativa representa un paso más hacia el control estatal de los contenidos mediáticos, como si se tratara de una versión posmoderna de la “Ley de Herodes”. Lo irónico es que, mientras juran respetar la libertad de prensa, en los hechos la inhiben, la presionan y la castigan. Bienvenidos a la 4T-II: el país donde decir la verdad puede costarte la libertad… o el acceso a internet.
En Campeche, la gobernadora Layda Sansores—más conocida por sus quejas y demandas que por sus políticas públicas—decidió encausar penalmente al periodista Jorge Luis González Valdez por supuesta “incitación al odio”. Lo que en realidad molesta a la mandataria es la persistencia de un periodismo libre, incómodo, veterano, con más de 50 años de trayectoria. ¿Su castigo? Prohibición de usar internet y una multa desproporcionada, digna de regímenes autoritarios. ¿Qué sigue? ¿Prohibirle hablar en voz alta? Puebla no se queda atrás. Ahí, el Congreso estatal dominado por Morena aprobó una ley que castiga con cárcel a quienes ofendan a funcionarios públicos en redes sociales. La crítica está siendo criminalizada con leyes tan ridículas como peligrosas. ¿Qué pasó con aquel discurso de “amor con amor se paga”? Ahora parece que el disenso se paga con cárcel.
En Jalisco, el alcalde morenista de Tequila decidió enjaular a un camarógrafo de N+ porque lo sorprendió documentando su ocupación de un inmueble histórico. En Manzanillo, Colima, la alcaldesa Rosa María Bayardo recurre a inhibidores de señal para evitar que las sesiones de Cabildo sean transmitidas. Censura del siglo XXI, con tecnología y todo.
En Sonora, el aparato judicial cooptado por la 4T-II condenó a una ama de casa por publicar un mensaje sarcástico en redes sociales. ¿Su crimen? Hacer un comentario incómodo sobre una diputada federal. El Poder Judicial, ese que debería ser contrapeso del poder político, se ha convertido en cómplice de la mordaza.
Y mientras tanto, los medios públicos se transforman en repetidoras oficiales del gobierno. La prensa crítica, aquella que verdaderamente fiscaliza al poder, queda marginada, empobrecida y acosada. En su lugar florecen portales “independientes” alineados al régimen, influencers que cobran por elogiar y bots listos para silenciar. El ecosistema mediático está siendo colonizado.
Por si fuera poco, también se ha abierto la puerta a una plaga que precariza aún más el oficio: la de los improvisados. Con celular en mano y sin el menor código ético o profesional, muchos se asumen periodistas. No informan, desinforman. No cuestionan, replican. No investigan, atacan. Y en medio del caos, el periodista verdadero, el que investiga con rigor y oficio, queda expuesto al acoso judicial, la censura digital y la violencia real.
Se dice que…
*La frase de Enrique Rojas Orozco, dirigente estatal del PRI—“no podemos permitir que desde el aparato judicial se silencie a periodistas”—es válida. El problema es que su partido tampoco puede hacer gran cosa. La defensa de la libertad de expresión no puede quedar en manos de siglas gastadas, sino de la sociedad civil, de las redacciones libres, de quienes aún creen en el periodismo como herramienta de verdad y contrapeso.
*Si algo está claro, es que la 4T-II no solo quiere reescribir la historia. También quiere elegir quién la puede contar.
