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Lo que estamos dejando de escuchar

Por Yensuni López Aldape

En política, todos quieren escuchar a la ciudadanía. Bueno… casi todos.

La escuchan cuando necesitan saber quién va arriba en una encuesta, qué colonia les falta visitar o dónde conviene organizar una reunión. Pero en Armería, comienza a aparecer una pregunta rumbo a 2027: ¿hay espacio para una candidatura independiente a la Presidencia Municipal?. No son los tiempos formales, pero nadie duda que sí hay un ciudadano que está explorando esa posibilidad y midiendo qué tan receptiva podría ser la población a una opción que no llegue respaldada por las siglas de un partido.

¡Vamos despacito!. Si alguien está pensando en competir sin partido, la pregunta no es sobre quién es o qué posibilidades tiene, sino qué tan cansada, decepcionada o simplemente qué tan dispuesta está la ciudadanía de Armería a probar algo diferente y dejar de lado los partidos.

Aclaremos también que una cosa es que un nombre sea conocido; otra, que genere simpatía; y una muy distinta, que esa simpatía termine convertida en un voto. Tampoco sería inteligente desestimar la posibilidad de una candidatura independiente competitiva, que ojo, podría no necesitar ganar para alterar una elección. Le bastaría con mover suficientes votos como para obligar a los partidos a hacer cuentas diferentes.

Sé que es un tema interesante esto de las alianzas, encuestas (de las cuales hablaremos en otro día) así como estructuras rumbo a 2027, pero hoy quisiera ver más allá de… deberíamos los ciudadanos están en otro canal y no permitir que el ruido electoral nos opaque lo que sí tendríamos que estar escuchando por razones mucho más urgentes.

Mientras a los adultos les preguntamos por quién quieren votar, a muchos adolescentes ni siquiera les estamos preguntando cómo están. No hablo solamente de una reflexión. Estoy consternada desde que escuché que Tecomán tiene el primer lugar estatal en casos lamentables de s̷u̷i̷c̷i̷d̷i̷o̷ . Lo dijo el comisionado estatal de Salud Mental, particularmente entre jóvenes de 15 a 20 años. Es un dato que debería obligarnos a mirar más allá de las cifras y preguntarnos qué está ocurriendo antes de que un adolescente llegue a una situación límite.

Cuando ocurre una agresión en una escuela, cuando conocemos un caso de acoso o cuando un joven atraviesa una crisis, las preguntas que nos hacemos son las mismas: qué ocurrió, quién fue responsable, qué hicieron los padres, qué hicieron los maestros, qué está pasando con las redes sociales o qué tan violentos se han vuelto los adolescentes.

Y todas pueden ser válidas, pero quizá estamos llegando demasiado tarde a la conversación y lo verdaderamente importante tendría que ser aquello que ocurrió antes, con el adolescente que comenzó a aislarse y dejó de convivir como antes; el que perdió interés por cosas que disfrutaba, que empezó a faltar a clases, que cambió su manera de relacionarse o que simplemente dejó de ser el joven que sus padres y maestros conocían. No necesariamente significa que exista un problema grave, por supuesto, pero sí puede ser una señal que merece atención y, sobre todo, una conversación.

Y aquí me permito hablar desde una experiencia personal.

Yo viví acoso durante la secundaria. Mi padre lo descubrió de manera involuntaria (nunca lo externé en palabras) y, cuando lo supo, acudió a la escuela y puso orden. Lo que todavía recuerdo es que algunos profesores ya se habían dado cuenta (claramente) de lo que ocurría y, sin embargo, nadie intervino.

No lo cuento para repartir culpas treinta y tantos años después, sino porque aquella experiencia me dejó claro algo que seguimos enfrentando: muchas veces el problema está frente a nosotros, pero preferimos pensar que se trata de “cosas de adolescentes”, de una etapa que se les va a pasar o de conflictos que ellos mismos tienen que aprender a resolver. Pero no siempre se les pasa.

Y tampoco podemos dejar fuera a los docentes de esta conversación, porque hoy su posición tampoco es sencilla. Existe un temor real de involucrarse en determinadas situaciones con los alumnos, particularmente cuando se trata de problemas emocionales, familiares o conductas que requieren un acercamiento más personal. Un maestro puede querer ayudar y, al mismo tiempo, preguntarse hasta dónde puede intervenir sin exponerse él, sin exponer al alumno y sin provocar una interpretación equivocada de sus intenciones.

No podemos pedirle a un docente que sea psicólogo, trabajador social, orientador, mediador y especialista en todas las problemáticas que enfrenta un adolescente. Pero tampoco podemos permitir que el temor a equivocarse termine convirtiéndose en una razón para no actuar cuando hay señales que requieren atención.

Por eso hacen falta protocolos claros, acompañamiento profesional y una red de apoyo que permita a las escuelas detectar, canalizar y atender estos casos sin dejar solos ni al estudiante ni al maestro.

Amigos de las Trancas, al final estamos haciendo mucho énfasis en las causas cuando el problema ya explotó, pero prestamos muy poca atención a esas pequeñas modificaciones en la conducta que quizá fueron la primera oportunidad para intervenir. Nos escandalizamos cuando aparece la violencia y un adolescente llega a una situación extrema, pero ¿cuántas veces alguien pudo haber notado semanas antes que algo no estaba bien?

No siempre necesitamos esperar una señal espectacular para preocuparnos por un adolescente, a veces basta con observar que algo cambió.

Política y juventud, dos temas que parecen no tener absolutamente nada que ver, pero que terminan encontrándose en un mismo punto: la necesidad de escuchar.

En Armería hay un ciudadano que está preguntándose si la gente estaría dispuesta a escuchar una opción distinta a los partidos.

En las casas están llamando encuestadoras para escuchar la intención del voto.

Mientras tanto, en nuestras escuelas hay jóvenes que necesitan que alguien se tome el tiempo de preguntarles cómo están.

A unos les preguntamos por quién quieren votar, pero a otros deberíamos preguntarles, mucho antes de que exista una boleta de por medio, cómo están viviendo, qué les preocupa y qué necesitan de los adultos que los rodean.

Definitivamente escuchar a la ciudadanía no debería comenzar cuando necesitamos su voto.

Y escuchar a nuestros jóvenes tampoco debería comenzar cuando ya ocurrió algo que nos obliga a preguntarnos qué fue lo que no vimos. Quizá aprendamos que de eso se trata: de aprender a mirar y escuchar antes de que sea demasiado tarde.