Por Yensuni López Aldape
Hace unos días aprendí algo nuevo. Yo, ingenuamente, creía que para ser mexicano bastaba con nacer aquí, trabajar, pagar impuestos, aguantar la cuesta de enero… y la de febrero, marzo, abril y todos los meses del año. Resulta que no. Ahora hay un requisito adicional: ser feliz a pesar de todo.
Y no cualquier felicidad. No esa que da abrazar a los hijos, comer con la familia o ver ganar a tu equipo. No. Hay que ser feliz con lo que nuestros políticos hacen del país. Si no, pues muchas gracias por participar… la puerta de salida está por allá.
¡Qué alivio que nos avisaron!
Porque imagínese el oso de seguir viviendo aquí mientras uno se preocupa por cosas tan insignificantes como la inseguridad. Qué exagerados somos los que todavía sentimos miedo cuando un hijo tarda en llegar a casa.
También qué ridículos los que quieren medicamentos y se quejan. O los padres que cooperan para comprar papel de baño, pintura o un ventilador en la escuela pública. O esos estudiantes que siguen creyendo que la educación debería formar ciudadanos críticos y no aplaudidores.
Y ya ni hablemos de quienes se asustan al ver que algunos de los nuevos ministros de la Suprema Corte exponen su ignorancia. Amigo lector de las trancas, el problema no es la preparación… el problema es que no somos suficientemente felices.
Le informo y confirmo que la nueva medida del patriotismo: mientras menos preguntes, mejor mexicano eres.
¿Hay violencia? Sonríe.
¿Hay desaparecidos? Sonríe.
¿No alcanza para comprar lo mismo que hace unos años? Sonríe.
¿No encuentras medicamentos? Sonríe.
¿El drenaje colapsó, la carretera está hecha pedazos y el hospital no tiene insumos? Sonríe.
La felicidad de usted y la mía ya dejó de ser un estado de ánimo. Ahora es política pública.
Queridos, la verdad no tan queridos políticos. Las democracias funcionan exactamente al revés. El ciudadano no está para aplaudir al gobierno. El gobierno está para responderle al ciudadano.
Cuando miles de personas respondieron que no estaban de acuerdo con semejante ocurrencia de la líder de Morena en Colima, lejos de argumentar o corregir hizo uso de su elegancia y clase en las redes con los hashtags #perritos y #perritas.
Qué evolución tan interesante del debate público.
Antes existían ciudadanos, luego fueron adversarios, poco después los conservadores. Y ahora… las mascotas.
Así que tome nota. Si usted critica un bache, ladra. Si pregunta por los medicamentos, mueve la cola. Si cuestiona la inseguridad, seguramente necesita correa. Si pide transparencia, quizá requiera un veterinario.
Lo más irónico es que quienes hoy invitan a irse del país, hace apenas unos años defendían el derecho de disentir, de protestar y de cuestionarlo todo. Entonces disentir era un acto democrático. Hoy parece ser una causal directa de expatriación.
México sí es un gran país. Lo ha sido mucho antes que cualquiera de los gobiernos que hemos tenido y lo seguirá siendo cuando todos ellos sean apenas una fotografía en un archivo histórico, cuando sean cadáveres políticos.
Precisamente por amor a México se critica. Porque nadie pelea por lo que no le importa.
Quien señala un bache normalmente quiere que lo tapen, no que le indiquen la salida.
Quien exige medicamentos quiere hospitales funcionando, no un boleto de avión.
Quien reclama seguridad quiere volver vivo a casa, no cambiar de nacionalidad.
Y quien cuestiona a sus gobernantes no odia a México; al contrario, espera mucho más de él.
Es triste sí, pero lo más preocupante no fue escuchar que quien no esté feliz debería retirarse del país. Sino descubrir que, cuando miles respondieron que precisamente esa forma de pensar no les gustaba, la explicación fue que eran “perritos” de la derecha.
Quizá el problema nunca fue la felicidad. El problema es que algunos confunden el amor por un país con la obligación de aplaudir a un gobierno.
Por si en la escuela pasaron de largo, explico, son cosas muy distintas. Señores políticos, los ciudadanos están para pensar, preguntar y exigir; los súbditos, para obedecer.
Al paso que vamos, en la próxima elección ya no pedirán la credencial de elector.
Pedirán certificado de felicidad, constancia de aplausos… y, por si acaso, mover la cola.
