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Tantita Congruencia, nomás poquita

Por Yensuni López Aldape

Hay tantas cosas ocurriendo al mismo tiempo y tan poco espacio para decirlas como merecen. Cada tema debería tener su propio lugar, su propio análisis… aunque no siempre su propio tiempo.

Es marzo. El mes que nos recuerda que la mujer no es solo la del 10 de mayo, reducida a una sola faceta, sino la que se construye todos los días en cualquier ámbito que le toque enfrentar. Es tiempo de reconocer avances —porque necio sería negarlos—, pero también de admitir que, a veces, somos nosotras mismas quienes nos cerramos la puerta, quienes nos saboteamos o, peor aún, quienes reproducimos exactamente aquello que decimos combatir.

Entro en materia.

Si usted no vio la sesión de Cabildo de hoy, detengo la mirada en un punto específico. El oficial mayor —interino, aunque finjan que sí lo es, y él se sienta en la ilusión. Pero ese será asunto para otra columna— solicitó autorización para ejercer alrededor de 200 mil pesos destinados a uniformes sindicales: más de 600 playeras tipo polo. Es una prestación anual, contemplada como beneficio laboral. Hasta ahí, nada extraordinario.

El detalle no fue el monto ni el beneficio, sino el procedimiento: el punto se presentó directamente al pleno sin pasar por la Comisión de Hacienda.

Si estrictamente debía pasar o no, considerando que existe un presupuesto aprobado, es debatible. Pero vamos a lo que sí ocurrió.

Nada es personal. No es contra nombres. Son hechos.

La presidenta de la Comisión de Hacienda, Gina Camacho, tomó la palabra para manifestar públicamente que no fue tomada en cuenta, que el asunto no pasó por su comisión. En ese momento sentí un dejo de orgullo (vaya, reí). Luego, tres regidores más respaldaron la inconformidad; uno incluso subrayó: “no tomaron en cuenta a la compañera”.

Hasta ahí, todo parecía un ejercicio de defensa institucional.

Y entonces vino la votación.

Once regidores con voz y voto. El alcalde ausente. Cinco votos en contra. Seis a favor.

Aquí viene lo interesante: Cinco regidores votaron en contra. Cinco. Justamente en congruencia con el reclamo que se había hecho minutos antes: si el procedimiento fue incorrecto, entonces no se aprueba. Tan sencillo como eso. Y, sin embargo, uno de los votos a favor fue el de la propia regidora Gina Camacho, que momentos antes había reclamado el procedimiento.

Sí, leyó bien.

Mientras otros sostuvieron con su voto el argumento que ella misma puso sobre la mesa, ella decidió que, pues, no era para tanto.

Confieso que observaba incrédula cuando levantó la mano. Y luego me preguntan por qué dicen que una servidora está en contra de tal o cual personaje. No. No se trata de estar en contra. Se trata de intentar entender.

¿Es en serio que se hace una queja pública para después votar a favor de aquello que se cuestionó? ¿Dónde queda la congruencia como munícipe? ¿Dónde la firmeza de quien llegó incluso a instancias legales para defender posiciones? ¿Dónde se le quedó la dignidad?

Porque su voto hacía la diferencia. Si mantenía su postura, el punto se rechazaba.

Pero claro, eso implicaba quedar mal con el sindicato —con quienes mantiene buena relación— y enfrentar el inevitable reclamo del alcalde por “insurrecta”. Y todos sabemos que lo último que se desea es incomodar al poder.

Así que no quedó mal con el sindicato. No quedó mal con el alcalde.

Pero revolvió el agua… para luego beberla.

¿Con quién sí queda mal? Con las mujeres que esperamos ver en el Cabildo algo más que discursos. Y no solo de ella, sino de todas las que ahí se nombran. Con quienes creemos que cuando una mujer ocupa un espacio de representación popular —sin entrar en cómo llegó— carga sobre sus hombros no solo un cargo, sino la historia de muchas que lucharon antes.

De las que soñaron con estos espacios. De las que no vivieron para verlos.

Y que, por fortuna, tampoco ven cuando se desperdician.

Porque lo ocurrido no fortalece a la mujer en política; la deja exactamente en el lugar del que tantas hemos intentado sacudirnos: la sumisión disfrazada de estrategia, la incongruencia justificada como pragmatismo.

Y no, no me da gusto decirlo. De verdad es triste.

Triste constatar que, más allá de géneros, los vicios del político ancestral siguen intactos. Y en ese caso, si se va a reclamar para después votar igual, quizá sería más honesto guardar silencio. Es lamentable ver como pierde la coherencia frente a todos.