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Dicen que de política y de religión no se habla

Por Yensuni López Aldape

Dicen que de política y de religión no se habla pero ya hablo de política, y también de religión, creo que callar lo que incomoda no resuelve nada; al contrario, lo deja crecer hasta que duele más. De todo se puede hablar cuando hay respeto, prudencia y tolerancia, no con afán de convencer ni de imponer, sino de comprender. Expresar un sentir es de respetar, aunque no todas las opiniones sean respetables.

Y explico por qué.

Es triste que la fiesta en honor a la Virgen de la Candelaria, la máxima celebración de nuestro pueblo, se vea empañada por un conflicto que pudo haberse evitado con algo tan elemental como comunicación y caridad cristiana. No es un asunto menor por su significado, sino porque con gestos mínimos de sensibilidad humana y pastoral se habría resuelto sin escalar al espacio público, donde muchos opinan sin conocer el fondo y otros aprovechan para desahogar frustraciones personales.

Tuve la oportunidad de entrevistar a las creadoras de los vestidos, tanto del novenario como del día 2 de febrero, y puedo afirmar, con conocimiento de causa, que ninguna buscó reflectores ni exposición mediática. Muy por el contrario, compartieron vivencias profundamente personales, incluso dolorosas, que merecen respeto.

En el caso de Karla Julieta, su experiencia estaba íntimamente ligada a la salud de su madre. El resultado del sorteo no fue para ella una casualidad, sino un signo de fe, una ilusión sostenida más en lo espiritual que en lo humano.

¿Qué pasó entonces para que algo tan bello se transformara en una experiencia dolorosa? La respuesta puede resumirse en dos palabras: caridad cristiana.

Y vale la pena detenernos ahí. La caridad cristiana no es silencio cómodo ni obediencia ciega. Tampoco es jerarquía que excluye. Es corregir con amor, acompañar a quien tiene menor conocimiento o comete errores, sin humillarlo ni relegarlo. Es enseñar con paciencia, explicar con claridad y formar con sensibilidad. Corregir, sí, pero sin herir. Porque en la Iglesia nadie debería sentirse extraño, mucho menos cuando se acerca movido por la fe, por la gratitud o por el dolor.

La Iglesia es una institución sagrada, pero también humana. Tiene normas, procesos y limitaciones propias de quienes la integran. Por eso, quienes tienen formación y responsabilidades pastorales están llamados a un mayor compromiso con la coherencia entre lo que se predica y lo que se practica. Cuando la corrección se ejerce sin amor, deja de ser caridad y se convierte en rigidez; y la rigidez no forma, no evangeliza, no acerca: lastima.

En este caso, el problema no fue la existencia de protocolos ni el cuidado del rito. El problema fue la falta de explicación, de acompañamiento y de preparación espiritual. Nadie explicó cómo sería el ritual, quiénes estarían presentes o cuál sería el papel de la persona donadora. Nadie integró, nadie preparó. Y cuando eso ocurre, el vacío lo ocupa la confusión y el dolor.

La preparación espiritual debería ser siempre lo primero.

También hay una realidad que no se puede ignorar: los servicios prolongados, cuando no se revisan ni se renuevan, corren el riesgo de viciarse. Quienes llevan años en un mismo encargo deberían ser los primeros en abrirse, en enseñar, en formar a otros con humildad y reverencia. Así como los sacerdotes rotan, los grupos y comisiones también deberían revisarse con mayor seriedad.

He leído comentarios que señalan que donar un vestido no otorga el derecho de vestir la imagen. En eso coincido. Pero entonces surge otra pregunta: si con un año de anticipación se sabe quién asumirá esa responsabilidad, ¿por qué no se le prepara espiritualmente?, ¿por qué no se le explica desde el inicio qué puede hacer y qué no? La claridad también es una forma de caridad.

El comunicado de la parroquia fue acertado al reconocer que esta fue la primera vez que se abrió el sorteo y que hubo errores. Es doloroso que así haya sido, pero deja lecciones importantes. La fe también necesita orden, acuerdos claros y compromisos definidos para no generar falsas expectativas.

No escribo esto desde una postura de autoridad ni de juicio. Soy solo una escritora, una mujer con fe, que cree y que también siente dolor al ver conflictos que no suman. No porque disminuyan la fe del pueblo —la fe es más fuerte que cualquier error humano—, sino porque hieren, decepcionan y dejan marcas innecesarias.

No se trata solo de “lavar la ropa sucia en casa”. Se trata de tener la humildad de hacerlo a tiempo, con verdad y con caridad, antes de que desde la calle sea evidente que algo no se está haciendo bien. Porque cuando la fe se vive con coherencia, los conflictos no se esconden: se corrigen, se sanan y se transforman en aprendizaje.

Que este episodio nos invite a mirarnos con humildad, a corregir con amor y a recordar que la fe no se impone ni se administra con rigidez, sino que se cuida con caridad, coherencia y sensibilidad humana. Los errores no disminuyen la devoción del pueblo, pero sí pueden herir personas. Ojalá sepamos aprender, mejorar y caminar juntos, para que nuestra fiesta siga siendo un espacio de encuentro y no de exclusión. Porque la Virgen de la Candelaria es madre, y como toda madre, convoca a todos sus hijos. ¡Viva la Virgen de la Candelaria!