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Cuando el pueblo cose su fe: manos de Tecomán que visten a la Virgen

La historia detrás de los dos vestidos que vestirán a la Virgen en el novenario y el 2 de febrero

Por Yensuni López Aldape

La aguja entra y sale de la tela con la cadencia de una oración. No hay ruido, solo el roce del hilo, el silencio cargado de pensamientos y, a veces, una lágrima que cae sin pedir permiso. En Tecomán, así se viste a la Virgen de la Candelaria: con manos temblorosas, con fe reconstruida y con historias que nacen, muchas veces, en la fragilidad de un hospital.

Desde hace más de tres décadas, el vestido de la Virgen de la Candelaria había sido un acto casi reservado, una tradición sostenida por una sola familia. Hasta que un día la fiesta se abrió. Y con ella, se abrió también el corazón de Tecomán.

“Queríamos que todos hicieran la fiesta, porque la fiesta somos todos”, explica Andrés Ramírez Venegas, uno de los impulsores de esta nueva modalidad que, desde el año pasado, cambió la historia: un sorteo abierto, sin requisitos más allá de ser del pueblo, sin importar si se es modista, costurera o simplemente alguien con el deseo profundo de agradecer.

El sorteo para este año se realizó en la Pascua de 2025. Tres nombres, tres fechas, tres historias: el vestido del 15 de agosto, el del novenario y el del 2 de febrero. Tres oportunidades para que la fe deje de ser anónima y se vuelva rostro.

La fe que despertó en medio de la prueba (El vestido del novenario)

Karla Julieta Cisneros Espinosa nunca se inscribió. Fue su madre, Eloísa Espinosa Álvarez, catequista de la Capilla de Fátima, quien anotó en silencio a la familia, sin decirle nada. Karla llevaba años, casi una década, con la inquietud de regalarle un vestido a la Virgen. Lo intentó una y otra vez, y una y otra vez no se pudo. Hasta que el llamado llegó, justo cuando más miedo tenía.

Su mamá enfermó. El cuerpo comenzó a fallar y la incertidumbre se instaló en casa. “El doctor nos pintó un panorama muy dramático, pensamos que era cáncer”, dijo Karla, con la voz quebrándose al recordarlo. La cirugía estaba programada para el día siguiente. El corazón apretado. El futuro incierto.

Fue entonces cuando, de manera inesperada, llegó la noticia del sorteo. Karla supo que había sido elegida para donar el vestido del novenario. “Yo lloré y lloré, no podía ni hablar”, confiesa. “Mi mamá estaba muy deteriorada”. Dice que, en medio de ese llanto, algo se acomodó por dentro. “Ese día supe que todo iba a estar bien”.

Al día siguiente, después de la operación, el médico la llamó. Karla recuerda ese momento como eterno. “Me dijo: no tiene cáncer tu mamá”.

Ahí, la voz se le quebró. Se detuvo un instante, pidió disculpas y levantó la mirada. Luego se miró los brazos, la piel erizada, como si el cuerpo le recordara lo que sintió aun cuando la razón todavía no lo sabía.

A partir de ahí, el miedo se transformó en gratitud. Y la fe, esa que ella misma reconoce haber vivido con distancia, comenzó a reconstruirse lentamente. “Yo me consideraba católica, pero muy escéptica de los milagros. Esto me movió por dentro. Empecé a venir a misa, me confesé después de muchos años, volví a comulgar. No para pedir, sino para agradecer”.

El vestido del novenario dejó de ser un encargo y se volvió un acto profundo de gratitud. No fue un pago. No fue una medalla. Fue una respuesta. Una manera de decir gracias cuando las palabras ya no alcanzan.

Desde entonces, Karla entiende el vestido no como una obra material, sino como una ofrenda nacida del dolor y la esperanza. “No me hace mejor persona, ni me hace santa. Solo me hizo trabajar desde mí, ser consciente y eternamente agradecida”.

Porque, dice, hay momentos que no llegan antes ni después: llegan cuando tienen que llegar.

Y así como la fe tocó a Karla en medio de la prueba, también encontró manos dispuestas a convertir esa gratitud en algo visible. Manos que cosen, que bordan, que sangran un poco y rezan mucho. Manos como las de Erika, familiar de la familia Cisneros, quien tomó la tela y la transformó en oración.

Bordar con la fe: Erika, la mano detrás del vestido

El vestido del novenario tomó forma en las manos de Erika del Refugio González Preciado, familiar cercana de Karla Julieta Cisneros Espinosa, quien asumió la confección de la prenda como un acto profundamente espiritual, más allá de la técnica y el oficio. Durante casi cuatro meses, cada bordado fue realizado completamente a mano, en jornadas largas que exigieron paciencia, precisión y entrega total.

“Hubo días en los que terminé con los dedos lastimados, incluso con piquetes y sangrando. Pero yo sentía que también eso formaba parte de la ofrenda”.

El proceso no fue sencillo. Hubo momentos de duda, cansancio y bloqueo creativo. “Había noches en las que no sabía cómo continuar. Me detenía, rezaba, me iba a dormir y le pedía a Dios que me ayudara. Al día siguiente, las ideas llegaban solas, como si alguien me las dictara”.

Uno de los instantes más significativos ocurrió al finalizar el bordado frontal del vestido, cuando Erika descubrió una figura que no había planeado. “Cuando vi la paloma, me puse a llorar. No estaba en el diseño original, pero ahí estaba. Para mí fue el Espíritu Santo recordándome que no estaba sola en este trabajo”.

El vestido diseñado para este novenario es verde y dorado. Erika quiso representar en el primero a Tecomán con toda su bondad en la tierra y su gente, un valle frondoso en vegetación y abundante en amor, mientras que el dorado representa la realeza, a la reina del cielo.

Para Erika, vestir a la Virgen no fue un encargo ni un compromiso familiar, sino una experiencia que la transformó. “Este vestido no lo hice con la cabeza, lo hice con el corazón. Yo solo puse las manos; la fe fue la que guió todo”.

Beatriz Adriana Rangel Muñiz: “Yo solo fui su obrera”. El vestido del 2 de febrero

Para Beatriz Adriana Rangel Muñiz, diseñadora formada en Tecomán, el vestido de la Virgen no llegó como un proyecto, sino como una experiencia que la alcanzó en uno de los momentos más vulnerables de su vida. Mientras permanecía hospitalizada por problemas de salud, llevaba consigo una pequeña imagen de la Virgen, con la que hablaba todos los días.

“Yo le pedía una señal, le decía que me dijera que estaba conmigo”.

Había soñado desde joven con confeccionar un vestido para la Virgen, aunque durante años lo vio como algo lejano. “Dije: la veo difícil, me voy a comprar mi virgencita y le hago su propio vestido. Después empecé con problemas de salud fuertes; ahí le pedí una señal, todos los días platicaba con ella”.

Cuando supo que ahora el ajuar se asignaría mediante sorteo, un amigo la inscribió y, aun con la incertidumbre propia de quien atraviesa una etapa difícil, participó. Al terminar la misa le avisaron que había salido ganadora.

“Ese mismo día me avisaron que había salido sorteada. Para mí fue una señal. Yo también me agarré llorando, no podía hablar y agradezco que esta bendición pase a más familias, porque el pueblo ansiamos darle un detalle por todo lo que ha hecho por nosotros”.

El proceso de creación no fue inmediato. Beatriz relató que, al enfrentarse a la elección de telas y al diseño, se sintió bloqueada. Fue entonces cuando tomó una decisión que marcó todo el trabajo: dejar que la Virgen guiara cada paso. “Yo le dije: tú vas a elegir la tela”.

La elección recayó en una tela sencilla, sin bordado, lo que implicó un trabajo completamente artesanal. A partir de ahí, cada etapa fue vivida con cuidado y reflexión. “Hubo momentos en los que me bloqueaba y le decía: hazlo tú”.

El vestido fue confeccionado en tonos oro rosa muy tenue, dorado y rojo. “El oro rosa es su ternura, el dorado es su realeza y el rojo es su fuerza”.

El bordado fue realizado con apoyo de una amiga, a quien invitó a participar como parte de la bendición que consideró haber recibido. Aun así, Beatriz insistió en mantener una postura clara frente a su trabajo.

“Yo no soy la autora del vestido, yo solo fui su obrera”.

Hoy, el vestido permanece como una obra discreta, aún desconocida para muchos, aunque es el que aparece en la décima oficial: un ajuar cargado de sentido para quien lo confeccionó desde la fe, la gratitud y la experiencia personal.

Andrés Ramírez Venegas: “La fiesta no es de unos cuantos, la fiesta es de todo Tecomán”

Para Andrés Ramírez Venegas, el sorteo de los vestidos de la Virgen es una manera de devolverle la fiesta al pueblo. De esa decisión nació una nueva etapa: un sorteo que abre la posibilidad de que más familias vivan de cerca uno de los actos más significativos de la festividad mariana.

Subrayó que este no es un proceso cerrado ni exclusivo. Las inscripciones se realizan en la entrada principal del templo, donde se instaló una carpa del Voluntariado por María. Ahí, cualquier persona que radique en Tecomán puede registrarse. El sorteo se llevará a cabo el sábado 7 de febrero, al término de la celebración eucarística en Pascuales.

Este viernes 23 se le colocará a la imagen de la Virgen el vestido del novenario, pero al final no se trata de vestidos, sino de promesas cumplidas en silencio. De enfermedades enfrentadas con miedo y fe. De mujeres que cosieron con las manos, pero también con el alma. De familias que entendieron que la Virgen no pide perfección, sino verdad. Cada testimonio es una oración viva que se teje en Tecomán: una madre que sana, una hija que agradece, unas manos que bordan guiadas por algo más grande.

En Tecomán, la fe no se presume: se vive, se ofrece y se confía. Y cuando un pueblo responde desde el corazón, la Virgen vuelve a quedarse.