Por Yensuni López Aldape
Todos hemos de coincidir en esa frase que dice “Lo limpio no ocupa jabón”. Y cuando un Cabildo aprueba un Presupuesto de Egresos sin decir el monto, sin desglosar prioridades y sin explicar a la ciudadanía en qué se va a gastar su dinero, no hay que darle muchas vueltas: algo se está escondiendo.
La 36ª sesión extraordinaria de Cabildo en Tecomán fue legal, sí. Hubo quórum, acta, votación y mayoría aplastante. Pero la legalidad no alcanza para tapar la pobreza política y la ausencia total de rendición de cuentas. El documento más importante del año se aprobó como si fuera un trámite menor, sin análisis previo, sin deliberación real, como si fuera una simple carta de residencia.
Es una tristeza el trabajo de la Comisión de Hacienda, presidida por Gina Camacho López. Aceptó el cargo bajo el argumento de que Reyes Haro no hacía bien su trabajo. Hoy la pregunta es inevitable y dolorosa: ¿dónde está el suyo? Dictaminar no es repetir que “se revisó” ni refugiarse en tecnicismos. Dictaminar es explicar, cuestionar, advertir y defender el interés público. Nada de eso ocurrió.
Su papel como oposición fue inexistente, como regidora, decepcionante y como mujer en un espacio que dijo reivindicar, francamente lamentable. Llegó al cargo envuelta en el discurso de la dignidad y la representación femenina, y terminó validando un presupuesto opaco, aprobado a modo y sin información para la ciudadanía. No nos representa, nos deja en ridículo.
En medio de esta aplanadora, los únicos que se atrevieron a hablar —Abraham Reyes Haro y Jorge González— lo hicieron sabiendo que iban a perder. Y sí, sus posturas no iban a ganar nunca frente a una mayoría dócil. Pero también hay que decirlo: les faltó preparación, oficio y contundencia técnica y trabajo. Tener la razón no basta; hay que saber sostenerla con cifras, con artículos, con argumentos presupuestales que incomoden de verdad. “Échenle más ganitas” no es una burla, es una exigencia: detrás de sus votos hubo ciudadanos que esperaban más.
Reyes Haro pidió bajar el punto del orden del día, aun sabiendo que el procedimiento ya no lo permitía. Y también hay que decirlo sin romanticismos: el argumento del “no me lo entregaron a tiempo” ya no alcanza. Estas son las reglas del juego y no son nuevas. Los regidores saben que el presupuesto llega de madrugada, que exige desvelo y oficio. Revisar partidas, comparar con el ejercicio anterior, detectar qué rubros fueron castigados y cuáles inflados no es un acto heroico, es la chamba mínima para la que pidieron el voto, mínimo una nochecita sin dormir, lo valemos.
Y si el análisis previo fue insuficiente, la sesión de Cabildo no es un trámite exprés: es el espacio para preguntar, incomodar, exigir a la Tesorería, pedir recesos y estirar la discusión hasta donde sea necesario. Aquí unos impusieron con mayoría y otros se conformaron con votar en contra. En ambos casos, el resultado fue el mismo: un presupuesto aprobado sin explicación y un ciudadano otra vez fuera de la ecuación.
Terminó la sesión, voy resumir los votos para que no se pierda en la mala transmisión que se hizo:
Votos a favor Rafael Ortega, Gerardo Alberto Cruz Ramírez, Javier Orozco, Coral Chávez, Katia Peña, Armando Reyna Magaña, Carol Salazar, Lizeth Briseño, David Grajales y Gina Camacho López.
Votos en Contra de Jorge González Magaña, Abraham Reyes Haro, Angélica Cervantes Arias.
Ni 30 minutos en decidir los dineros de todo un año en Tecomán, pero no es todo, a la escena entra la Dirección de Comunicación Social. Si un ciudadano de Tecomán intentara entender qué aprobó el Cabildo guiándose únicamente por el boletín oficial del Ayuntamiento, se quedaría exactamente igual que antes de leerlo: sin saber nada.
Más que un ejercicio de rendición de cuentas, el boletín cumple con el trámite de “informar que se informó”. ¿para qué existe una Dirección de Comunicación Social si no comunica?.
Y mientras tanto, el ciudadano común sigue sin saber dónde puede consultar el presupuesto completo, cuánto se destinará a los patronatos que hoy padecen robos e inseguridad “aislada”, cuánto irá a cultura, deporte, servicios públicos, obra social, qué áreas fueron recortadas y cuáles favorecidas.
Son preguntas básicas. Son derechos ciudadanos. Y nadie se tomó la molestia de responderlas.
La sesión como el boletín no fallan por lo que dicen, sino por lo que callan. Porque cuando un gobierno no explica cómo va a gastar el dinero público, lo que hace no es informar: administra el silencio.
Y el silencio, en materia de presupuesto, nunca es neutro.
Así arranca 2026: con un presupuesto que nadie vio y con los políticos afilando colmillos, porque ya empezó la antesala electoral… que comiencen los Juegos del Hambre, pero de votos.
