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La mejor cara de Tecomán está en los patronatos

Por Yensuni López Aldape

En Tecomán hay estructuras que no salen a menudo en la foto oficial, que no inauguran obras ni cortan listones, pero que sostienen —literalmente— a buena parte de nuestra comunidad. Son los patronatos. Esos que trabajan todo el año, desde su propia vocación y desde su propia trinchera, sin reflectores que encandilan y, sobre todo, sin cálculo político.

Lo verdaderamente valioso de los patronatos es que no nacen del poder, nacen de la sociedad organizada. De mujeres y hombres que deciden hacerse cargo de lo que duele, de lo que urge, de lo que no puede esperar a que el trámite avance o el presupuesto alcance. Y quizá por eso mismo, porque se han mantenido ajenos a la grilla y a la disputa política, siguen siendo la mejor cara de nuestra sociedad.

En Tecomán existen patronatos con causas distintas pero con una misma esencia: servir. Ahí están los que respaldan al Hospital General, los que sostienen al Asilo de Ancianos, los que cuidan a nuestros niños, a los familiares de pacientes del hospital que no tienen dónde dormir, a las mujeres que aprenden a prevenirse del cáncer, los que viven con Hemodiálisis, y los que se dedican a otras causas que, aunque no siempre visibles, resultan indispensables. Algunos reciben subsidios, sí, pero ninguno se recarga cómodamente en ellos. No esperan a que el recurso llegue para actuar. Se organizan, gestionan, tocan puertas y, cuando es necesario, ponen de su propio bolsillo para que el servicio no se detenga.

Cada patronato tiene su magia. Su manera de convocar, su forma de resistir, su sello humano. Y diciembre, tal vez será por la época navideña pero es el mes donde esa magia se nota más.

Diciembre es el mes de la colecta del patronato “Solo por Ayudar” del Hospital General de Tecomán, uno de esos ejemplos que se han ganado el reconocimiento social a pulso, no por discurso, sino por resultados. Porque cuando un paciente necesita un medicamento, un estudio o un insumo, no hay margen para esperar. La urgencia no entiende de oficios ni de tiempos administrativos.

Este patronato no solo encabeza una de las causas más sensibles, también una de las más demandantes. Y lo hace gracias a un grupo de voluntarias que hacen espacio en su agenda, en su vida personal y, muchas veces, en su economía, para que nadie se quede sin apoyo en el momento más crítico.

Este diciembre, Solo por Ayudar rompió sus propios parámetros. Se superó a sí mismo con eventos que ya se volvieron tradición, que la gente espera y que incluso pide que no desaparezcan del calendario. Actividades que no solo recaudan recursos, sino que generan identidad, empatía y comunidad.

Eso son los patronatos: sociedad organizada haciendo lo que las instituciones no alcanzan a hacer. Sin colores, sin campañas, sin aplausos fáciles. Y quizá por eso, porque no se deben a nadie más que a la causa que defienden, siguen siendo —y ojalá sigan siendo siempre— la parte más digna y más humana de Tecomán.

Por otra parte, diciembre también cerró con la temporada de informes de labores. Y vale decirlo con claridad: no tengo nada contra los informes. En esencia, son —o deberían ser— un ejercicio de rendición de cuentas que legitima la acción gubernamental. Al menos en el papel, así funcionan.

El problema es que, en la práctica, muchos de estos informes se han transformado en espectáculos del aplauso fácil, en ejercicios de autoelogio, de vituperio en boca propia, donde la narrativa sustituye al balance real y la forma termina por comerse al fondo. Informes rendidos ante puros funcionarios —los mismos de siempre— o frente a una asistencia general desangelada deberían ser, por sí mismos, un termómetro político.

Deberían.

Pero la experiencia y la cercanía con estos procesos me permiten afirmar otra cosa: si en un evento aplaudieron diez personas, hay funcionarios con la capacidad casi mágica de verse a sí mismos aplaudidos por diez mil. Una habilidad que no se aprende en la academia, sino en el cómodo autoengaño del poder.

Y así, entre porras forzadas y balances maquillados, se pierde la oportunidad más valiosa que ofrece un informe: escuchar lo que no se aplaude. Medir el silencio, leer las ausencias, interpretar la frialdad del recinto. Porque ahí, en lo que no se dice, suele estar el mensaje más honesto.

Ojalá que después de estos ejercicios venga algo más que la foto y el boletín. Ojalá se tomen decisiones al interior de los equipos, en todos los niveles. Ojalá los alcaldes —y quienes aspiran a seguir siéndolo— entiendan que dejarse endulzar el oído no fortalece, sino que debilita.

Porque el legado que se soñaba construir no se edifica a base de aplausos inflados. Y porque, a estas alturas, ya no estamos para aprendizajes. Por cierto, estuve algo ausente, pero, ¿alguien sabe si los diputados hicieron el intento de rendir algún tipo de informe? Así, nomás pa saber si algo les preocupa en esta vida.

Nos leemos en unos días, no muchos lo prometo. La constancia es importante, sobre todo si una aspira a ese nivel donde el nombre propio estorba. La Secretaria del Bienestar lo explicó bien, (No escribo su nombre porque seguro ya lo sabe): basta decir “Bienestar”. No todas llegan a ese punto donde el cargo se confunde con la persona y la persona con la virtud. Algún día, quizá, “Desde Las Trancas” también alcance ese estatus místico, en tanto… sigamos arando.