Cenobio Jiménez, murió el hombre, pero queda la leyenda

 Yensuni López Aldape   15-11-2017     Sociedad

Este domingo 12 de noviembre falleció en Tecomán el reconocido profesor Cenobio Jiménez Rubio. Se desempeñó como profesor en el bachillerato 5 y 20 de la Universidad de Colima y quienes lo conocieron, sienten el dolor y la nostalgia de saber que alguien como él no volverán a conocer, quienes no, han sabido de él por boca de otros, y solo atinan a decir “sé que era duro”.

Era mucho más… efectivamente se caracterizó por ser estricto, pero quienes recibieron sus clases pueden hoy considerarse afortunados, quizá en el momento sufrieron, lloraron y hasta se enfermaron, así era él, provocaba risas, enojos, pasiones, encendía a los estudiantes, podías enojarte y admirarlo con la misma pasión.

No te confundías, era el profe de la bicicleta, el que cargaba sus cosas en una bolsa de plástico, hasta que esa se rompía y no daba más, así sin importar más que su gusto por la sencillez. No le alcanzaba la hora de clase porque su mente no iba con el reloj, su mente como sus pies en la bicicleta, volaban libres. Había tanto conocimiento, que un salón y 50 minutos eran muy poco.

Celebre, muchas veces polémico, llegaba sudando y ponía invariablemente una frase celebre en la cebecera del pizarrón, esos pizarrones verdes que las nuevas generaciones no conocen. Seguías su mano letra a letra para descubrir el mensaje del día, que algunas veces era de su autoría, pero con miedo de que escribiera que habría fiesta ese día, es decir, examen sorpresa.

Las mujeres sabíamos que teníamos algo de ventaja, porque siempre fue un caballero, nos decía damas, reinas y los hombres eran los tigrillos, por eso los alumnos, los demás profes y amigos lo conocían así, El Tigre.

Definitivamente no iba a hacer amigos en el salón, eso estaba claro. No era el profe bonachón, pero sí el que iba a formar, a hacer hombres y mujeres con sed de hacer siempre mejor las cosas. Eso no podía comprenderse a la primera, los alumnos siempre cuestionaron su “exagerado” gusto por la ortografía y en más de una ocasión decían entre pasillos “qué tiene que ver la ortografía en un examen de mecánica de materiales (MDM, cuidado y dijeras Resistencia de Materiales)”. En ese momento quizá por la inmadurez no alcanzaban los jóvenes a ver el mensaje: La ortografía no es exclusiva de ciertos profesionistas, la ortografía habla de impecabilidad, de respeto, si lo tienes por el lenguaje, lo tendrás en todo lo demás. Nadie se reponía fácil de sus exámenes largos, desde las 7 de la mañana a la 1 de la tarde, en recompensa y debido a la seguridad que tenía en su prueba, te dejaba ir a desayunar algo.

Después de pasar por sus clases, los estudiantes que se fueron a ingenierías volvían agradecidos, y es que un siete del Tigre, era tener la sabiduría de un diez frente a estudiantes de otros planteles. Así, regresaban y daban las gracias al profe de la bici, de la bolsa de plástico y su pañuelo rojo, el que poco hablaba de sentimientos, pero palmeaba con fuerza.

La despedida de sus restos fue triste y concurrida, el concluir habló de él su hijo, muchos asentían con la cabeza cuando lo describió, honesto y con un gusto por la lectura que le hizo coleccionar miles de libros, lo agresivo y rudo en el deporte, porque la palabra perder no existía en su diccionario. Habló de los tres vicios que mantuvo durante toda su vida, la lectura, el deporte y el amor por su esposa.

Las nuevas generaciones perdieron ya la oportunidad de prepararse con él, de conocerlo, de sufrirlo y eso es aún más triste. Se fue el hombre, pero sin duda quedó la leyenda.

Excelente guía, apasionado lector, rudo jugador de futbol y eterno enamorado de la vida, hoy vive, aunque no sea caminando entre las aulas, ni por las calles en su bicicleta, lo hace en el corazón de quienes lo amaron como padre, esposo, hermano. Y en el agradecimiento de quienes pasaron por sus butacas, de las damas, de las reinas y por supuesto de todos sus tigrillos.