Paracaídas

Gobernador Nacho Peralta: pecados por omisión

 Rogelio Guedea  Opinión
Las críticas a la gestión del gobernador Nacho Peralta, incluidas aquellas que hacen muchos miembros de su propio equipo, se han centrado en los yerros que comete un día sí y otro también el Ejecutivo estatal, los cuales parece que se apilan de forma exponencial, olvidando que lo que no se hace también son hechos consumados y, en muchas ocasiones, agravian más que cuando se peca por comisión.
El gobernador Nacho Peralta, en ese sentido, nos ha quedado mucho a deber a los colimenses por sus omisiones, más de lo que uno cree, y esto es grave en un poder que es el encargado precisamente de ejecutar, de hacer, de transformar, de ahí que por eso se le haya denominado el Ejecutivo. Lamentablemente, el gobernador se ha caracterizado ya por su falta de tacto e instrucción política (llega tarde a las reuniones, no saluda, es insensible a las necesidades de la gente que se le acerca), porque no abona a la unidad del partido ni de su militancia (que padece una falta rotunda de liderazgo), porque además no está tampoco en la entidad que gobierna (otro caro pecado por omisión), porque incluso no se comunica asertivamente con su gabinete ni mucho menos con la sociedad (nadie entiende cuál es el mensaje que quiere dirigirle en estos tiempos aciagos), en fin, si bien el gobernador se ha reafirmado como un mandatario abúlico, desapasionado e indiferente, sólo interesado por su beneficio propio y, sobre todo, sin emoción, esto no es lo peor sino lo que esto ha ocasionado para el principal daño que tiene a la ciudadanía local horrorizada: la creciente y recrudecida violencia, que ha llegado a niveles escandalizantes y que los medios de comunicación amafiados del gobierno (Diario de Colima, Ecos de la Costa, etcétera) intentan trivializar sin éxito.
En lugar de enfrentar con responsabilidad (uno de los lemas de su campaña) el tema de la seguridad en nuestro Estado, con responsabilidad y compromiso, lo que ha hecho es huir de la realidad y culpar a los otros de un problema que si bien no sólo le corresponde a él, él es quien tendría que tener el completo liderazgo del mismo, tanto para las gestiones que deben implicar al gobierno federal como aquellas que deben construir las sinergias correspondientes con los municipios.
Pero como el estado no tiene gobierno, como no hay un gobernador fuerte y entregado completamente a su compromiso de gobernar, entonces sus omisiones pesan en la armonía y paz social. Ya culpó a los municipios, ya culpó también al gobierno federal al decir que los crímenes son de su competencia (pero olvidando que la mayoría de los crímenes del narcomenudeo son del fuero común), ya responsabilizó a la sociedad civil, todos tienen la culpa menos él, y cuando todos tienen la culpa menos uno ya sabemos quién realmente es el culpable de todo. Ya lo dijo el consultor político Daniel Eskibel: “cumplir lo prometido. Eso es lo que quiere la gente: coherencia entre las palabras electorales y las acciones de gobierno”, así que haber siquiera insinuado que la promesas de campaña no son más que una engañifa me parece en realidad la forma más burda de definir el ejercicio político, sobre todo en estos tiempos en que esperamos políticos con un alto sentido de responsabilidad, honestidad y compromiso.
Si el gobernador de nuestro estado no deja de cometer estos graves pecados por omisión y no diseña y ejecuta una estrategia clara y efectiva contra la violencia que vivimos, una estrategia que la sociedad entienda y asuma, entonces no habrá forma de que volvamos a tener la mínima paz posible.
El hecho de que se trate de una guerra de cárteles tampoco justifica que el Estado tenga que cruzarse de brazos, al contrario, es ahí cuando tiene que demostrar su poder y su deber, el más alto de todos cuanto constituyen la esencia de cualquier estado. Ya basta, pues, de no hacer.